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1.
¿HICISTE
ESTO POR MÍ?
El regalo de
Dios es vida eterna en
Cristo Jesús nuestro Señor.
Romanos 6.23
¡Gracias
sean a Dios por su regalo
indescriptible!
2 Corintios 9.15
Y Dios ha
reservado para sus hijos el
regalo inapreciable
de la vida eterna; que es
guardado en el cielo para
ti,
puro e incontaminado, más
allá de todo cambio
y depreciación. Y Dios, en
su majestuoso poder,
se asegurará que llegues
allí para recibirlo porque
confías en él. Será tuyo
en aquel día final que
viene y que todos verán.
1 Pedro 1.4-5
Todo bien y
todo regalo perfecto vienen
de arriba, del Padre de las
luces celestiales, que no
cambia como sombras
vacilantes. Él decidió
darnos vida a través de la
palabra
de verdad, para que nosotros
pudiéramos ser una clase
de primicias de todo lo
creado.
Santiago 1.17-18
Es digno de nuestra compasión. Cuando lo ves, no te
ríes. No te mofas. No te
vas, ni mueves la cabeza. Te
acercas respetuosamente a él,
lo llevas hasta el banco más
cercano y lo ayudas a
sentarse.
Te
compadeces del hombre. Es
tan tímido, tan cauteloso.
Es un ciervo en las calles
de Manhattan. Tarzán
caminando por la jungla
urbana. Es una ballena
encallada en la playa,
preguntándose cómo llegó
allí y cómo hará para
salir y volver a las aguas
profundas.
¿Quién
es esta criatura
desamparada? ¿Este huérfano
de aspecto tan triste? Se
trata de un -por favor, quítense
el sombrero- hombre en el
departamento de mujeres.
Anda en busca de un regalo.
Es
posible que sea Navidad.
Puede tratarse de su cumpleaños
o del aniversario de bodas.
Cualquiera que sea el
motivo, ha salido de su
escondrijo. Dejando atrás
las tiendas de artículos
deportivos, los negocios de
comida y los grandes
televisores en el
departamento de artículos
electrónicos, se aventura
en el mundo desconocido de
ropa de mujer. No te costará
ubicarlo. Es el que
permanece inmóvil en el
pasillo. Si no fuera por la
mancha de sudor debajo de
sus brazos, creerías que se
trata de un maniquí.
Pero
no lo es. Es un hombre en el
mundo de una mujer. Nunca
había visto tanta ropa
interior. En Wal-Mart, donde
compra la suya, todo está
empacado y en sus
respectivos estantes. Pero
esto en una selva
impenetrable. Su padre le
había advertido sobre
lugares como este. Aunque el
letrero de la sección dice
¡quédese!, él sabe que no
lo hará.
Empieza
a caminar pero no sabe adónde
ir. Claro, no todos los
hombres han sido preparados
para este momento como lo
fui yo. Mi padre veía el
desafío de comprar algo
para las mujeres como un
ritual de pasada, con
pajarillos, y abejas y
lacitos. Nos enseñó a mi
hermano y a mí a sobrevivir
cuando vamos de compra.
Recuerdo el día cuando nos
sentó y nos enseñó dos
palabras. Para arreglártelas
en un país extranjero
necesitas conocer el idioma,
y mi padre nos enseñó el
idioma del departamento de
mujeres.
«Llegará
el día», nos dijo
solemnemente, «cuando un
vendedor se ofrecerá para
ayudarles. Cuando ese día
llegue, respiren hondo y
digan la frase: « Es-tée
Lau-der ». A partir de
ahí, en cada ocasión en
que había de recibir un
regalo, mi mamá recibía
tres regalos de los tres
hombres de su vida: Estée
Lauder, Estée Lauder, Estée
Lauder.
Mi
terror al departamento de
mujeres desapareció. Pero
entonces, conocí a Denalyn.
A Denalyn no le gustaban los
productos de Estée Lauder.
Aunque le dije que la hacía
oler maternalmente, no cambió
su opinión. Desde entonces,
he tenido que acomodarme a
la situación.
Este
año para su cumpleaños opté
por comprarle un traje.
Cuando la vendedora me
preguntó por sus medidas,
le dije que no las sabía.
Y, sinceramente, no las sé.
Sé que puedo pasar mi brazo
alrededor de ella y que su
mano cabe perfecta en la mía.
¿Pero su talla de vestidos?
Nunca se lo he preguntado.
Hay ciertas cosas que el
hombre no pregunta.
La
vendedora trató de
ayudarme. «¿Es su esposa más
o menos como yo?» Me enseñaron
que con las mujeres tenía
que ser un caballero, pero
en este caso, no podía ser
cortés si quería contestar
la pregunta. Había solo una
respuesta: «Es más delgada
que usted». Me paré firme
en el suelo, tratando de
encontrar la respuesta.
Después de todo, yo escribo
libros. Seguro que podría
encontrar las palabras
adecuadas.
Decidí
ser directo: «Es menos que
usted».
O,
más cortésmente: «Usted
luce más como una mujer que
ella». ¿Sería suficiente
una pista? «Entiendo que la
tienda está reduciéndose
».
Finalmente,
tragué y dije la única
cosa que sabía decir: «Estée
Lauder»
Ella
indicó en dirección del
departamento de perfumes,
pero yo sabía que mejor era
no entrar allí. Le buscaría
un bolso de mano. Quizás
sería más fácil. ¿Qué
podría tener de complicado
seleccionar un artículo
para llevar las tarjetas y
el dinero? Yo he usado
durante ocho años el mismo
monedero. ¿Qué tan
complicado puede ser comprar
un bolso?
¡Oh,
bruto que soy! Dile a un
vendedor de una tienda de
artículos de hombre que
andas buscando una billetera
y tu próxima jugada te
encontrará parado frente a
la cajera. La única decisión
que has podido hacer ha sido
si la prefieres negra o café.
Dile a una vendedora en el
departamento de damas que
quieres un bolso, y te verás
escoltado a un cuarto. Un
cuarto lleno de estanterías.
Estanterías llenas de
bolsos. Bolsos con etiquetas
con sus precios. Etiquetas
pequeñas pero con precios
tremendos… tan tremendos
que pueden quitarle a
cualquiera las ganas de
comprar uno.
Me
encontraba pensando en esto
cuando la vendedora me hizo
algunas preguntas. Preguntas
para las cuales no tenía
respuesta. «¿Qué clase de
bolso le gustaría a su
esposa?» Mi mirada al vacío
le dijo que no tenía ni
idea, así es que comenzó a
presentarme una lista de
opciones: «¿De mano? ¿De
colgar del hombro? ¿De
guantes? ¿Grande? ¿No tan
grande? ¿Pequeño?»
Mareado
ante tantas opciones, tuve
que sentarme. Puse mi cabeza
entre mis rodillas para no
caerme. Pero ella no tenía
para cuándo terminar. «¿Con
monedero? ¿Un bolso tipo
cartera? ¿De bolsillo? ¿Mochila?»
¿Mochila?
El sonido de la palabra me
resultó familiar. Satchel
(mochila, en inglés) Paige
había sido un lanzador en
las grandes ligas de béisbol.
Esta parecía la respuesta.
Saqué pecho y dije, muy
orgulloso: «¡Satchel! (¡Mochila!)»
Aparentemente,
mi selección no fue de su
agrado, porque empezó a
lanzarme maldiciones en un
idioma desconocido. Perdónenme
por hacer referencia a esta
vulgaridad, pero la señora
estaba realmente disgustada.
No entendí todo lo que
dijo, pero sí me dio la
impresión que creyó que
estaba tratando con un loco.
Cuando hizo referencia al
precio puse mi mano sobre el
bolsillo donde acostumbro
llevar mi billetera y dije,
en tono desafiante: «No.
Este es mi dinero». Fue
suficiente. Salí de allí a
toda marcha. Pero cuando salía
del cuarto, le di un poco de
su propia medicina. «¡Estée
Lauder!» le grité y corrí
lo más rápido que pude.
¡Ah!
Las cosas que tenemos que
hacer para darle algún
regalo a alguien que amamos.
Pero
no importa. Lo volveríamos
a hacer. Siempre lo hacemos
de nuevo. Cada Navidad, cada
cumpleaños. ¡Con cuánta
frecuencia nos encontramos
en un territorio que no es
el nuestro! Adultos en
tiendas que venden juguetes.
Papás en tiendas para
adolescentes. Esposas en los
departamentos de caza y
esposos en el departamento
de bolsos.
Pero
no solo entramos a lugares
inusuales, sino que hacemos
cosas inusuales. Armamos
bicicletas a medianoche.
Escondemos los nuevos neumáticos
con aros de magnesio debajo
de la escalera. Supe de un
tipo que en un nuevo
aniversario alquiló un cine
para poder él y su esposa
ver de otra vez el vídeo de
su boda.
Sí.
Lo haremos de nuevo.
Habiendo prensado las uvas
del servicio, bebemos el más
dulce vino de la vida: el
vino de dar. Vivimos el
momento más hermoso cuando
estamos dando. De hecho, nos
parecemos más a Dios cuando
damos.
¿Te
has preguntado por qué Dios
da tanto? Podríamos existir
con mucho menos. Pudo
habernos dejado en un mundo
plano y gris; no habríamos
sabido establecer la
diferencia. Pero no lo hizo
así:
Él hizo explotar
naranjas en el amanecer
y
limpió el cielo para que
luciera azul.
Y
si te gusta ver cómo se
juntan los gansos,
Hay
muchas posibilidades que eso
lo puedas ver también.
¿Tuvo Él que hacer
esponjosa la cola de la
ardilla?
¿Se
vio obligado a hacer que los
pajarillos cantaran?
¿Y
la forma divertida en que
las gallinas corren
o
la majestad del trueno que
retumba?
¿Por qué dar a las
flores aroma? ¿Por qué dar
sabor a las comidas?
¿Podría ser
que Él quiere ver
todo eso reflejado en tu
faz?
Si nosotros hacemos regalos para
demostrar nuestro amor, ¿cuánto
más no querría hacer Él?
Si a nosotros -salpicados de
flaquezas y orgullo- nos
agrada dar regalos, ¿cuánto
más Dios, puro y perfecto,
disfrutará dándonos
regalos a nosotros? Jesús
preguntó: «Si vosotros,
siendo malos, sabéis dar
buenas dádivas a vuestros
hijos, ¿cuánto más
vuestro Padre que está en
los cielos dará buenas
cosas a los que le piden?»
( Mateo 7.11 ).
Los
regalos de Dios derraman luz
en el corazón de Dios, el
corazón bueno y generoso de
Dios. Santiago, el hermano
de Jesús, nos dice: «Toda
buena dádiva y todo don
perfecto desciende de lo
alto, del Padre de las luces»
( Santiago 1.17 ). Cada
regalo revela el amor de
Dios… pero ningún regalo
revela su amor más que los
regalos de la cruz. Estos
venían, no envueltos en
papel, sino en pasión. No
estaban alrededor del
arbolito, sino en una cruz.
Sin cintas de colores, sino
salpicados con sangre.
Los
regalos de la cruz.
Mucho
se ha dicho sobre el regalo
de la cruz mismo, ¿pero, y
los demás regalos? ¿Los
clavos? ¿La corona de
espinas? ¿El manto que se
apropiaron los soldados? ¿Las
ropas fúnebres? ¿Te has
dado el tiempo de abrir
estos regalos?
Tú
sabes que no tenía ninguna
obligación de dárnoslos.
El único acto, lo único
que se requería para
nuestra salvación era el
derramamiento de sangre,
pero Él hizo mucho más que
eso. Muchísimo más.
Examina la escena de la
cruz. ¿Qué encuentras?
Una
esponja empapada en vinagre.
Un
letrero.
Dos
cruces a ambos lados de
Cristo.
Los
regalos divinos intentan
activar ese momento, ese
segundo cuando sus rostros
se iluminan, sus ojos se
abren, y Dios te va a oír
susurrando: «¿Tú hiciste
esto por mí?»
La diadema de dolor
Que
conmovió tu dulce faz,
Tres
clavos horadando carne y
madera
Para
mantenerte en ese lugar.
Yo entiendo la
necesidad de la sangre.
Me
abrazo a tu sacrificio.
¿Pero
la esponja amarga, la lanza
cortante,
La
escupida en tu rostro?
¿Tenía
que ocurrir eso en la cruz?
No hubo una muerte
apacible
sino
seis horas colgando entre la
vida y la muerte,
todo
estimulado por un beso de
traición.
«Oh Padre», tú
insistes,
corazón
silencioso a lo que habría
de ocurrir,
Siento
preguntar, pero necesito
saber:
«¿Tú
hiciste esto por mí?»
¿Estaríamos dispuestos a hacer esta
oración? ¿A tener tales
pensamientos? ¿Será
posible que el cerro de la
cruz esté lleno de regalos
de Dios? ¿Los examinamos?
Desempacamos estos regalos
de gracia quizás por
primera vez. Y mientras los
tocas y sientes la madera de
la cruz y sigues las marcas
dejadas por la corona y
palpas las puntas de los
clavos, te detienes y
escuchas. Quizás lo oigas
susurrándote:
«Sí. Yo hice esto
por ti».
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