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11.
«YO TE HE REDIMIDO
Y TE GUARDARÉ»
la
promesa de dios en la
sangre y el agua
Cristo
«ofreció para siempre un
solo sacrificio
por los pecados» y «por
una sola ofrenda él ha
perfeccionado para siempre a
los que son santificados».
Hebreos
10.12 , 14
Esto
es amor: no que nosotros amáramos
a Dios, sino que él nos amó
a nosotros y envió a su
Hijo como un sacrificio de
expiación por nuestros
pecados.
1
Juan 4.10
Nuestra
posición es tal que podemos
ser rescatados
de la muerte eterna y
trasladados a la vida solo
por una sustitución total y
permanente, la sustitución
que Dios mismo emprende a
favor nuestro.
Karl
Barth
Pero
aunque la palabra de Dios
está completa para
el pecador, aun no ha dejado
de actuar en el pecador.
Donald
G. Bloesch
Esta semana, mi nombre
apareció en la sección
deportiva del periódico.
Tenías que buscarme, pues
ahí estaba. En la cuarta página
de la edición del martes,
en la parte final de una página,
en la conclusión de un artículo
dedicado al Abierto de Golf
de Texas, ahí estaba mi
nombre. Con todas sus
letras.
Era
la primera vez. Mi nombre ha
aparecido en otras partes
del periódico por una
variedad de razones, de
algunas de las cuales me
siento orgulloso y de otras
no. Pero esta era la primera
vez que aparecía en la
sección de deportes. Tuve
que esperar más de cuarenta
años, pero al fin el día
llegó.
También
fue mi primer trofeo
deportivo. Cuando estaba en
el colegio casi conseguí
uno, cuando quedé séptimo
en el lanzamiento del disco.
Pero solo dieron medallas
hasta el sexto lugar, de
modo que no hubo para mí.
He conseguido varios trofeos
en otras cosas, pero nunca
en deportes. Hasta ayer. Mi
primer trofeo deportivo.
Todo
ocurrió así. Mi amigo
Buddy es la persona que
dirige la organización del
Abierto de Texas de la
Asociación de Golfistas
Profesionales, AGP. Me
preguntó si me gustaría
jugar en la competencia
anual de jugadores
profesionales y aficionados.
Lo pensé tres segundos y
acepté.
El
formato de esta competencia
es bastante sencillo. Cada
equipo tiene un jugador
profesional y cuatro
aficionados. Se anota el
puntaje más bajo de cada
jugador aficionado. En otras
palabras, aunque yo no logre
poner la bola en el hoyo, si
otro de mi equipo lo hace,
es como si yo lo hubiera
hecho. Y eso es,
precisamente, lo que ocurrió
en diecisiete de los
dieciocho hoyos.
¡Imagínate
cómo me habré sentido
jugando! Tomemos un hoyo
cualquiera donde yo anoté
un ocho y Buddy o cualquiera
de mis compañeros marcaron
un tres. ¿Adivinas qué
puntaje se tomó en cuenta?
¡El tres! Se olvida el ocho
de Max y se registra el de
Buddy. Fácil, ¿verdad? Así,
logré reconocimiento y
notoriedad por el buen
desempeño de alguien más,
simplemente por ser yo parte
de su equipo.
¿No
ha hecho Cristo lo mismo
contigo?
Lo
que mi equipo hizo por mí
aquel lunes, tu Señor lo
hace por ti todos los días
de la semana. Gracias a su
trabajo puedes cerrar tu
ronda diaria con un puntaje
perfecto. No importa que
hayas lanzado la bola entre
los árboles o que la hayas
sumergido en el agua. Lo que
importa es que saliste a
jugar y te uniste a los
cuatro correctos. En este
caso, tu equipo de cuatro es
invencible: Tú, el Padre,
el Hijo y el Espíritu
Santo. No podría haber un
equipo mejor.
El
término teológico de dos dólares
que denota es santificación
posicional . Dicho en
forma sencilla: Recibes un
premio no por lo que eres,
sino por a quién conoces.
En
ese juego de golf se ilustró
una segunda palabra. (¿Qué
significa esto? ¿Buscando
teología en un campo de
golf?) No solo ves un cuadro
de santificación posicional;
hay igualmente un nítido
cuadro de santificación
progresiva.
¿Recuerdas
mi contribución? Uno de
dieciocho hoyos. En un hoyo
hice un par. Mi par ingresó
a la tarjeta de mi equipo.
¿Quieres saber en qué hoyo
hice mi par? En el último.
Aunque di muy poco, mi
aporte fue mejorando con
cada hoyo. Buddy se mantuvo
dándome sugerencias y
cambiando mi agarre hasta
que finalmente hice mi
aporte. Mejoré en forma
progresiva.
El
premio fue gracias al
puntaje de Buddy. La mejoría
llegó gracias a la ayuda de
Buddy.
La
santificación posicional
llega por la obra de Cristo para
nosotros.
La
santificación progresiva
llega por la obra de Cristo en
nosotros.
Ambas
son regalos de Dios.
«Con
un sacrificio hizo perfectos
para siempre a los que están
siendo santificados» (
Hebreos 10.14 , versión
libre). ¿Ves la mezcla de
tiempos? «Él hizo
perfectos» (santificación
posicional) a los que «que
están siendo santificados»
(santificación progresiva).
Santificación
posicional y progresiva. La
obra de Dios por nosotros y
la obra de Dios en nosotros.
Ignora la primera y te
dominará el temor. Ignora
la segunda, y te convertirás
en un perezoso. Ambas son
esenciales, y ambas se ven
en la húmeda suciedad en la
base de la cruz de Cristo.
Examinémosla más
cuidadosamente.
La
obra de Dios por nosotros
Escucha
este versículo: «Pero uno
de los soldados clavó su
lanza en el costado de Jesús,
e inmediatamente brotó de
la herida sangre y agua» (
Juan 19.34 ). Aun un lector
descuidado de la Escritura
notaría la conexión entre
sangre y misericordia.
Podemos ir atrás hasta un
hijo de Adán y veremos que
los adoradores sabían que
«sin derramamiento de
sangre no hay perdón» (
Hebreos 9.22 ).
¿Cómo
conoció Abel esta verdad?
Nadie lo sabe, pero de
alguna manera supo que tenía
que ofrecer más que
oraciones y cosechas. Él
supo ofrecer una vida. Supo
derramar más que su corazón
y sus deseos; supo derramar
su sangre. Con un campo por
templo y el suelo por altar,
Abel llegó a ser el primero
en hacer lo que millones
habrían de imitar. Ofreció
un sacrificio de sangre por
sus pecados.
Los
que siguieron forman una
larga lista: Abraham, Moisés,
Gedeón, Sansón, Saúl,
David… todos los cuales
sabían que la sangre
derramada era necesaria para
el perdón de los pecados.
Jacob también lo sabía;
por lo tanto, juntó piedras
para el altar. Salomón lo
supo, y construyó el
templo. Aarón lo supo, y
comenzó con él el
sacerdocio.
Pero
la línea termina en la
cruz. Lo que Abel trataba de
conseguir en el campo, Dios
lo logró con su Hijo. Lo
que Abel comenzó, Cristo lo
completó. Con su sacrificio
se pondría fin al sistema
de sacrificios porque «él
vino como Sumo Sacerdote de
este sistema mejor que
tenemos ahora» ( Hebreos
9.11 ).
Después
del sacrificio de Cristo no
habría más necesidad de
derramar sangre. Él «una
vez y para siempre llevó la
sangre al cuarto interior,
el Lugar Santísimo, y la
esparció sobre el asiento
de misericordia; pero no fue
la sangre de chivos ni de
becerros. No, sino que tomó
su propia sangre, y por ella
él mismo nos aseguró
salvación eterna» (
Hebreos 9.12 ).
El
Hijo de Dios llegó a ser el
Cordero de Dios, la cruz fue
el altar, y nosotros fuimos
«hechos santos a través
del sacrificio de Cristo
hecho en su cuerpo una vez y
para siempre» ( Hebreos
10.10 ).
Se
pagó lo que necesitaba
pagarse. Se hizo lo que había
que hacer. Se exigía sangre
inocente. Se ofreció sangre
inocente, una vez y para
siempre. Grábate profundo
en tu corazón estas cinco
palabras. Una vez y para
siempre .
Al
riesgo de parecerme a una
maestra de la escuela
elemental, permíteme hacer
una pregunta elemental. Si
el sacrificio se ha ofrecido
una vez y para siempre, ¿necesita
ofrecerse de nuevo?
Por
supuesto que no. Estás
santificado posicionalmente.
Así como los logros de mi
equipo me fueron acreditados
a mí, lo alcanzado por la
sangre de Jesús nos es
acreditado a nosotros.
Y
así como mis habilidades
mejoraron a través de la
influencia de un maestro, tu
vida podrá mejorar mientras
más y más cerca camines de
Jesús. La obra por nosotros
está hecha, pero la obra
progresiva en nosotros se
mantiene.
Si
su obra para nosotros se ve
en la sangre, ¿qué podría
representar el agua?
Su
obra en nosotros
¿Recuerdas
las palabras de Jesús a la
mujer samaritana? «El agua
que yo te daré será una
fuente de agua que brotará
dentro de la persona, dándole
vida eterna» ( Juan 4.14 ).
Jesús ofrece, no un trago
de agua excepcional, sino un
pozo artesiano perpetuo. Y
el pozo no es un hueco en el
patio sino que es el Espíritu
Santo de Dios en nuestro
corazón.
«Si alguno cree en mí, ríos
de agua viva fluirán del
corazón de esa persona,
como dice la Escritura».
Jesús estaba hablando del
Espíritu Santo. El Espíritu
todavía no había venido
porque Jesús aun no había
sido ascendido a la gloria.
Pero más tarde, los que
creyeron en Jesús recibirían
el Espíritu ( Juan
7.38–39 ).
En este
versículo, el agua
representa al Espíritu de
Jesús actuando en
nosotros. No está
trabajando para nuestra
salvación; ese trabajo ya
está hecho. Está
trabajando para cambiarnos.
Así se refiere Pablo a este
proceso:
Hagan lo bueno que resulta
de ser salvo ,
obedeciendo a Dios con
profunda reverencia, retrayéndose
de todo lo que pudiera
desagradarle. Porque Dios
está trabajando dentro de
ti, ayudándote a querer
obedecerle y luego ayudándote
a hacer lo que él quiere
que hagas ( Filipenses
2.12–13 ).
Como
resultado de «ser salvos»
(la obra de la sangre) ¿qué
hacemos nosotros? Obedecemos
a Dios «con profunda
reverencia, y nos retraemos
de todo lo que pudiera
desagradarle». Poniéndolo
en forma práctica, amamos a
nuestro prójimo y nos
cuidamos de no murmurar. Nos
negamos a engañar en los
impuestos y al cónyuge y
hacemos lo mejor que podemos
por amar a las personas difíciles
de amar. ¿Hacemos todo esto
para alcanzar la salvación?
No. Esto es «las buenas
cosas que resultan de ser
salvo».
Una
dinámica similar ocurre en
el matrimonio. ¿Están un
esposo y una esposa más
casados que lo que lo
estuvieron el primer día?
¿Podrían estar más
casados que cuando se hacen
los votos y firman el
certificado?
A
lo mejor podrían. Imagínalos
cincuenta años después.
Cuatro hijos más tarde. Un
trío de transferencias y un
racimo de valles y victorias
más tarde. Después de
medio siglo de matrimonio,
terminan la frase iniciada
por el otro y se ordenan
mutuamente la comida
favorita. Hasta empiezan a
parecerse más y más físicamente
(una perspectiva que a
Denalyn hace sufrir). ¿Podría
decirse que a los cincuenta
años están más casados
que el día de su boda?
Pero,
por el otro lado, ¿cómo
podrían estarlo? El
certificado de matrimonio no
ha madurado. Ah, pero las
relaciones sí, y eso marca
una gran diferencia. Técnicamente,
no están más unidos que
cuando abandonaron el altar.
Pero relacionalmente, son
completamente diferentes.
El
matrimonio es tanto algo ya
hecho como algo que se va
desarrollando diariamente.
Algo que hiciste y algo que
haces.
Sucede
lo mismo en nuestro caminar
con Dios. ¿Puedes ser más
salvado ahora que como lo
fuiste el primer día de tu
salvación? No. ¿Pero puede
una persona crecer en la
salvación? Absolutamente.
Es, como el matrimonio, algo
hecho y algo que se va
desarrollando diariamente.
La
sangre es el sacrificio de
Dios por nosotros.
El
agua es el Espíritu de Dios
en nosotros.
Y
necesitamos a ambos. Juan
está muy interesado en que
aprendamos esto. No es
suficiente saber lo que
vino después; debemos saber
cómo vino después
: «De una vez salió
sangre y agua» ( Juan 19.34
). Juan no pone a una sobre
la otra. Pero nosotros sí
lo hacemos.
Algunos
aceptan la sangre pero
olvidan el agua. Quieren ser
salvos pero no quieren ser
cambiados.
Otros
aceptan el agua pero se
olvidan de la sangre. Están
muy ocupados en Cristo pero
nunca en paz con Cristo.
¿Cómo
es tu situación? ¿Tiendes
a inclinarte en uno u otro
sentido?
¿Te
sientes tan salvo que nunca
sirves? ¿Estás tan
contento con el puntaje de
tu equipo que no quieres
bajarte del carrito de golf?
Si tal es tu caso, déjame
hacerte una pregunta: ¿Por
qué te habrá puesto Dios
en el campo de juego? ¿Por
qué no te iluminó en el
momento en que te salvó? El
hecho es que tú y yo
estamos aquí por una razón
y esa razón es glorificar a
Dios en nuestro servicio.
¿O
está tu tendencia
completamente al otro lado?
¿Quizás sirves siempre por
temor a no ser salvo. Quizás
no confías en tu equipo.
Temes que haya alguna carta
escondida en la que esté
escrito tu verdadero
puntaje. ¿Es eso? Si tal es
tu caso, recuerda esto: La
sangre de Jesús es
suficiente para salvarte.
Graba
en tu corazón el anuncio de
Juan el Bautista. Jesús es
«el Cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo»
( Juan 1.29 ). La sangre de
Cristo no cubre tus pecados,
no encubre tus pecados, no
pospone tus pecados ni
minimiza tus pecados. La
sangre de Cristo quita tus
pecados, de una vez y para
siempre.
Jesús
deja que tus faltas se
pierdan en su perfección.
Así como los cuatro
golfistas estuvimos allí de
pie para recibir el premio,
los únicos que sabían de
mi pobre actuación eran mis
compañeros, y ellos no
dijeron nada.
Cuando
tú y yo nos pongamos de pie
en el cielo para recibir
nuestro premio, solo uno
sabrá de nuestros pecados,
pero Él no te avergonzará.
Ya los ha perdonado.
De
modo que disfruta el juego,
amigo mío; tu premio está
asegurado.
Pero
aprovecha de pedirle al
Maestro alguna ayuda para
mejorar tu estilo.
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