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12.
«TE AMARÉ
PARA SIEMPRE»
la
promesa de dios en la cruz
Porque
Dios amó tanto al mundo que
dio a su Hijo unigénito,
para que quien crea en él
no perezca
sino que tenga vida eterna.
Juan
3.16
Por
nuestro bien él hizo pecado
al que no conoció pecado,
para que en él pudiéramos
llegar a ser justicia de
Dios.
2
Corintios 5.21
Pero
Dios demostró su amor por
nosotros en esto: Mientras
todavía éramos pecadores,
Cristo murió por nosotros.
Romanos
5.8
Esto
es amor: no que nosotros amáramos
a Dios,
sino que él nos amó a
nosotros y mandó a su Hijo
como
sacrificio expiatorio por
nuestros pecados.
1
Juan 4.10
A menudo la gente me pregunta
cómo se pronuncia mi
apellido; si Lu-key-do o Lu-ka-do.
Aunque oficialmente la
pronunciación es Lu-key-do,
no hay problema con Lu-ka-do.
(Sin
embargo, es posible que
estemos equivocados, porque
cuando Billy Graham vino a
San Antonio, se refirió a mí
como Max Lu-ka-do. Y supongo
que si Billy Graham dice Lu-ka-do,
es porque tiene que ser Lu-ka-do.)
Confusiones
sobre los nombres han creado
momentos embarazosos. Algo
así ocurrió cuando visité
a uno de los miembros de la
iglesia en su oficina. Una
de sus colegas me reconoció.
Nos había visitado en la
iglesia y había leído
algunos de mis libros. «¡Max
Lu-ka-do!» exclamó. «Había
estado esperando el momento
de reunirme con usted».
Habría
sido feo corregirla aun
antes de conocernos de modo
que solo sonreí y le dije
hola, creyendo que ahí se
terminaría todo. Pero era
apenas el comienzo. Quería
que conociera a algunos
amigos suyos; así es que me
llevó hasta donde estaban.
Y con cada presentación,
venía una mala pronunciación.
«Sally, te presento a Max
Lu-ka-do». «Joe, te
presento a Max Lu-ka-do».
«Bob, te presento a Max Lu-ka-do».
«Tom, te presento a Max Lu-kado».
Yo sonrío y aparento que
todo está bien, incapaz de
hacer algo para corregirla.
Aparte de eso, después de
media docena de veces, ya no
había forma de corregirla.
Hacerlo habría sido
demasiado complicado, de
modo que mantuve la boca
cerrada.
Pero
entonces, las cosas
cambiaron. Finalmente, nos
encontramos con un empleado
que le salió al paso. «Me
alegro de tenerle por acá»
nos dijo mientras entrábamos
a su oficina. «Mi esposa y
yo estuvimos en el culto el
domingo, y salimos tratando
de saber cómo se pronuncia
su nombre. ¿Es Lu-key-do o Lu-ka-do?»
Me
sentí atrapado. Si decía
la verdad, ella se vería en
un aprieto. Si mentía, él
no recibiría la información
correcta. Había que ser
misericordioso con ella. Había
que ser preciso con él.
Quería ser amable con ella
y sincero con él pero ¿cómo
ser ambas cosas al mismo
tiempo? No podía. De modo
que mentí. Por primera vez
en mi vida, dije: «Lu-ka-do,
mi nombre se pronuncia Lu-ka-do».
Que
me perdonen mis antepasados.
Pero
ese momento no dejó de
tener su valor. La situación
permite vislumbrar algo del
carácter de Dios. En una
escala infinitamente mayor,
Dios se enfrenta con la
humanidad de la misma manera
que yo me enfrenté con
aquella dama. ¿Cómo puede
ser justo y amable a la
misma vez? ¿Cómo puede ser
veraz y misericordioso al
mismo tiempo? ¿Cómo puede
redimir al pecador sin
endosar el pecado?
¿Puede
un Dios santo pasar por alto
nuestras faltas?
¿Puede
un Dios amable castigar
nuestras faltas?
Desde
nuestra perspectiva, hay
solo dos soluciones
igualmente inapelables. Pero
desde su perspectiva, hay
una tercera. Esta se llama
«la Cruz de Cristo».
La
cruz. ¿Puedes dirigir la
mirada a cualquiera parte
sin ver una? Encaramada en
lo alto de una capilla.
Esculpida en una lápida en
el cementerio. Tallada en un
anillo o suspendida de una
cadena. La cruz es el símbolo
universal del Cristianismo.
Extraña decisión, ¿no
crees? Extraño que un
instrumento de tortura
llegara a representar un
movimiento de esperanza. Los
símbolos de otras
religiones son más
optimistas: la estrella de
seis puntas de David, la
luna en cuarto creciente del
Islam, una flor de loto del
Budismo. ¿Pero una cruz
para el Cristianismo? ¿Un
instrumento de ejecución?
¿Te
pondrías una pequeña silla
eléctrica en el cuello? ¿Suspenderías
una horca de oro plateado en
la muralla? ¿Imprimirías
una foto de un pelotón de
fusilamiento en una tarjeta
de negocios? Pero eso es lo
que nosotros hacemos con la
cruz. Muchos incluso hacen
la señal de la cruz cuando
oran. ¿Por qué no hacer la
señal de la guillotina? En
lugar de la señal
triangular que la gente se
hace en la frente y en el
pecho, ¿por qué no un
golpe de karate en la palma
de la mano? ¿No vendría a
ser lo mismo?
¿Por
qué es la cruz el símbolo
de nuestra fe? Para hallar
la respuesta no hay que ir más
allá de la misma cruz. Su
diseño no podría ser más
sencillo. Un madero
horizontal y el otro
vertical. Uno mirando hacia
fuera, como el amor de Dios.
El otro hacia arriba, como
lo hace la santidad de Dios.
Uno representa la anchura de
su amor; el otro refleja la
altura de su santidad. La
cruz es la intersección. La
cruz es donde Dios perdonó
a sus hijos sin rebajar sus
estándares.
¿Cómo
pudo hacer tal cosa? En una
frase: Dios puso nuestros
pecados sobre su Hijo y los
castigó allí.
«Dios
puso lo malo sobre quien
nunca hizo lo malo para que
así nosotros pudiéramos
aparecer como justos ante
Dios» ( 2 Corintios 5.21 ).
O
como se traduce en alguna
parte: «¡Cristo nunca pecó!
Pero Dios lo trató como a
un pecador, para que así
Cristo pudiera hacernos
aceptables a Dios».
Visualiza
el momento. Dios en su
trono. Tú en la tierra. Y
entre tú y Dios, suspendido
entre tú y el cielo está
Cristo sobre su cruz. Tus
pecados han sido puestos
sobre Jesús. Dios, que
castiga el pecado, libera su
justa ira sobre tus faltas.
Jesús recibe el estallido.
Como Cristo está entre tú
y Dios, no estás tú. El
pecado es castigado, pero tú
estás a salvo, a salvo a la
sombra de la cruz.
Esto
es lo que hizo Dios, ¿pero
por qué? ¿Por qué lo
hizo? ¿Cuestión moral? ¿Obligación
celestial? ¿Exigencia
paternal? No. Dios no tiene
que hacer nada.
Pero,
pensemos en lo que hizo. Dio
a su Hijo. Su único Hijo.
¿Harías tú tal cosa? ¿Ofrecerías
la vida de tu hijo por la de
alguna otra persona? Yo no.
Hay algunos por los cuales
yo daría mi vida. Pero pídeme
que haga una lista de
personas por las cuales
mataría a mi hija, y el
papel se quedaría en
blanco. No necesitaría un
bolígrafo. La lista no
tendría nombres.
Pero
la lista de Dios contiene
los nombres de cada persona
que ha vivido . Porque
tal es el alcance de
su amor. Y esta es la razón
de ser de la cruz. Él ama
al mundo.
«Porque
de tal manera amó Dios al
mundo que dio a su Hijo unigénito»
( Juan 3.16 ).
Tan
cierto como que el destello
central proclama la santidad
de Dios, el destello de la
cruz proclama su amor. Y, oh,
qué gran alcance tiene su
amor.
¿No
te alegra que los siguientes
versículos no digan:
«Porque
de tal manera amó Dios a
los ricos…»?
O,
«Porque de tal manera amó
Dios a los famosos…»?
O,
«Porque de tal manera amó
Dios a los delgados…»?
Pero
no dice así. Ni tampoco
dice: «Porque de tal manera
amó a los europeos o a los
africanos…» «el sobrio o
el triunfador…» «el
joven o el viejo…»
No,
cuando leemos Juan 3.16 ,
sencilla y felizmente
leemos, «Porque de tal
manera amó Dios al mundo».
¿Cuán
ancho es el amor de Dios?
Suficientemente ancho como
para cubrir todo el mundo.
¿Estás tú incluido en el
mundo? Si lo estás,
entonces estás incluido en
el amor de Dios.
Qué
bueno es estar incluidos.
Pero no siempre es así. Las
universidades te excluyen si
no eres lo suficientemente
inteligente. El mundo de los
negocios te excluye si no
estás lo suficientemente
calificado y,
lamentablemente, algunas
iglesias te excluyen si no
eres lo suficientemente
bueno.
Pero
aunque estas instancias te
puedan excluir, Cristo te
incluye. Cuando se le pidió
que describiera la anchura
de su amor, Él extendió
una mano a la derecha y la
otra a la izquierda y se las
clavaron estando en esa
posición para que tú
pudieras saber que Él murió
amándote.
¿Pero
no tiene esto un límite?
Seguramente el amor de Dios
tiene que tener un fin. ¿No
te parece? Pero David el adúltero
nunca lo encontró. Pablo el
asesino nunca lo encontró.
Pedro el mentiroso nunca lo
encontró. En sus
respectivas experiencias,
ellos llegaron a tocar
fondo. Pero en cuanto al
amor de Dios, nunca ocurrió
tal cosa.
Ellos,
como tú, encontraron sus
nombres en la lista de amor
de Dios. Y sin duda puedes
estar seguro que Aquel que
los puso allí sabe cómo
pronunciarlos.
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