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13.
«YO PUEDO TRANSFORMAR
TU TRAGEDIA
EN VICTORIA»
la
promesa de dios en los
lienzos del sepulcro
Tú,
oh Señor, eres nuestro
Padre; nosotros somos el
barro, y tú eres nuestro
alfarero, todos nosotros
somos obra de tus manos.
Isaías
64.8
Puedo
hacer cualquiera cosa a través
de él,
quien me da fuerza.
Filipenses
4.13
Me
alegraré y me gozaré en tu
amor, porque tú viste mi
aflicción y conociste la
angustia de mi alma.
No me has entregado a mi
enemigo sino que has puesto
mis pies en un lugar
espacioso.
Salmos
31.7-8
Y
el Dios de toda gracia, que
te llamó a su gloria eterna
en Cristo, después de haber
sufrido por un poco de
tiempo, te restaurará y te
hará fuerte, firme y
constante.
1
Pedro 5.10
Qué te parece si tenemos una
charla sobre trajes fúnebres?
¿Te suena divertido? ¿Te
parece un tema alegre? Difícil.
Haz una lista de asuntos
desagradables, y el del
traje fúnebre se ubicará más
o menos entre un auditoraje
del Servicio de Rentas
Internas y un trabajo dental
de larga duración.
A
nadie le gusta hablar de
trajes fúnebres. Nadie
trata este tema. ¿Has
tratado alguna vez de
amenizar la charla durante
la cena con la pregunta:
«¿Qué ropa te gustaría
usar cuando estés en el ataúd?»?
¿Has visto alguna vez una
tienda especializada en
vestimentas fúnebres? (Si
hubiere alguna, tengo una
frase publicitaria para
sugerirle: ¡Ropa como para
morirse!)
La
mayoría de nosotros no
hablamos del tema.
El
apóstol Juan, sin embargo,
fue una excepción. Pregúntale,
y te dirá cómo llegó a
ver la vestimenta fúnebre
como un símbolo de triunfo.
Pero no siempre la vio de
esa manera. Ellos
acostumbraban ver un
recordatorio tangible de la
muerte de su mejor amigo,
Jesús, como un símbolo de
tragedia. Pero el primer
domingo de resurrección
Dios tomó la ropa de la
muerte y la hizo un símbolo
de vida.
¿Podría
Él hacer lo mismo contigo?
Todos
enfrentamos la tragedia. Es
más, todos hemos recibido
los símbolos de la
tragedia. Los tuyos podrían
ser un telegrama del
departamento de la guerra,
un brazalete de identificación
del hospital, una cicatriz o
una citación a los
tribunales. No nos gustan
estos símbolos, ni tampoco
los queremos. Como restos de
autos en un cementerio de
vehículos, afligen nuestros
corazones con recuerdos de días
malos.
¿Podría
Dios usar estas cosas para
algo bueno? ¿Hasta dónde
podemos ir con versículos
como: «En todas las cosas
Dios obra para el bien de
los que le aman» ( Romanos
8.28 )? ¿Incluirá ese «todas
las cosas» tumores y exámenes
y adversidades y el fin?
Juan podría responder, sí.
Juan te podría decir que
Dios puede tornar
cualquiera tragedia en
triunfo si esperas y velas.
Para
probar este punto, él podría
hablarte de un viernes en
particular.
Después, José de
Arimatea preguntó a Pilato
si podría hacerse cargo del
cuerpo de Jesús. (José era
un seguidor secreto de Jesús
debido a que tenía miedo de
algunos de los líderes).
Pilato se lo permitió, así
es que José vino y se llevó
el cuerpo de Jesús.
Nicodemo, quien había ido a
Jesús de noche, estaba con
José. Llevó unos treinta y
cuatro kilos de mirra y áloe.
Estos dos hombres tomaron el
cuerpo de Jesús y lo
envolvieron con las especias
y tela de lino, que es la
forma en que entierran a los
muertos ( Juan 19.38–40 )
Temerosos
mientras Jesús estaba vivo
pero valientes en su muerte,
José y Nicodemo se
dispusieron a servirle. Y lo
sepultaron. Ascendieron al
cerro llevando la ropa fúnebre.
Pilato
los había autorizado.
José
de Arimatea había donado
una tumba.
Nicodemo
había comprado las especias
y la tela.
Juan
dice que Nicodemo llevó
unos treinta y cuatro kilos
de mirra y áloe. No deja de
llamar la atención la
cantidad, pues tantas
especias para ungir un
cuerpo correspondía a lo
que se hacía solo con los
reyes. Juan comenta también
sobre la tela porque para él
era un cuadro de la tragedia
del viernes. Aunque no había
ropa fúnebre, aunque no había
tumba, aunque no había médico
forense, había esperanza.
Pero la llegada de la
carroza fúnebre marcó la pérdida
de cualquiera esperanza. Y
para estos apóstoles, la
ropa fúnebre simbolizaba
tragedia.
¿Podía
haber para Juan mayor
tragedia que un Jesús
muerto? Tres años antes,
Juan había dado las
espaldas a su carrera y
apostado todo al carpintero
de Nazaret. Al principio de
la semana, había disfrutado
de un imponente desfile
cuando Jesús y los discípulos
entraron a Jerusalén. ¡Pero
cuán rápido había
cambiado todo! La gente que
el domingo lo había llamado
rey, el viernes pedía su
muerte y la de sus
seguidores. Estos lienzos
eran un recordatorio
tangible que su amigo y su
futuro estaban envueltos en
tela y sellados detrás de
una roca.
Ese
viernes, Juan no sabía lo
que tú y yo sabemos ahora.
Él no sabía que la
tragedia del viernes sería
el triunfo del domingo.
Posteriormente, Juan habría
de confesar que él «no había
logrado entender de las
Escrituras que Jesús debía
resucitar de entre los
muertos» ( Juan 20.9 ).
Por
eso es que lo que hizo el sábado
es tan importante.
No
sabemos nada sobre ese día,
no tenemos un versículo
para leer ni conocimiento
alguno para compartir. Todo
lo que sabemos es esto:
Cuando llegó el domingo,
Juan todavía estaba
presente. Cuando María
Magdalena vino buscándole,
lo encontró a él.
Jesús
estaba muerto. El cuerpo del
Maestro estaba sin vida. El
amigo y el futuro de Juan
estaban sepultados. Pero
Juan no se había ido. ¿Por
qué? ¿Estaba esperando la
resurrección? No. Hasta
donde sabía, aquellos
labios se habían silenciado
para siempre, y aquellas
manos se habían quedado
quietas para siempre. Juan
no esperaba que el domingo
hubiera una sorpresa.
Entonces, ¿por qué estaba
allí?
Seguramente
pensaste que él se había
ido. ¿Quién iba a decir
que los hombres que
crucificaron a Jesús no
vendrían por él? La
muchedumbre estaba feliz
viendo la crucifixión; los
líderes religiosos habrían
querido más. ¿Por qué
Juan no salió de la ciudad?
Quizás
la respuesta sea pragmática;
quizás estaba cuidando a la
madre de Jesús. O quizás
no tenía adónde ir. Es
posible que no haya tenido
ni dinero, ni ánimo ni un
lugar… o todo eso junto.
O
a lo mejor se quedó porque
amaba a Jesús.
Para
otros, Jesús era un hacedor
de milagros. Para otros, Jesús
era un maestro de la enseñanza.
Para otros, Jesús fue la
esperanza de Israel. Pero
para Juan, él fue todo esto
y más. Para Juan, Jesús
era un amigo.
A
los amigos no se los
abandona, ni siquiera cuando
hayan muerto. Por eso Juan
permaneció cerca de Jesús.
Él
acostumbraba estar cerca de
Jesús. Estuvo cerca de él
en el aposento alto. En el
Jardín de Getsemaní. A los
pies de la cruz en la
crucifixión y en el
entierro se mantuvo cerca de
la tumba.
¿Entendió
él a Jesús? No.
¿Le
agradó lo que Jesús hizo?
No.
¿Pero
abandonó a Jesús? No.
¿Y
tú? ¿Qué haces tú cuando
estás en la posición de
Juan? ¿Cómo reaccionas
cuando en tu vida es sábado?
¿Qué haces cuando estás
en algún punto entre la
tragedia de ayer y la
victoria de mañana? ¿Te
apartas de Dios, o te quedas
cerca de Él?
Juan
decidió quedarse. Y porque
se quedó el sábado, estaba
allí el domingo para ver el
milagro.
María dijo: «Han sacado
al Señor de la tumba y no
sabemos dónde lo han puesto».
Entonces
Pedro y el otro seguidor
salieron hacia la tumba.
Ambos iban corriendo, pero
el otro seguidor corría más
rápido que Pedro por lo
cual llegó a la tumba
primero. Se inclinó y miró
adentro y vio los lienzos
solos, pero no entró. En
seguida llegó Simón Pedro
y entró en la tumba y vio
los lienzos. También vio el
sudario que habían puesto
en la cabeza de Jesús, el
cual estaba doblado y se
encontraba en un lugar
diferente a aquel donde
estaban los lienzos.
Entonces el otro seguidor,
el que había llegado a la
tumba primero, también entró.
Y vio y creyó ( Juan
20.2–8 ).
Muy
temprano el domingo por la
mañana, Pedro y Juan
recibieron la noticia: «¡El
cuerpo de Jesús ha
desaparecido!» Había
apremio en el anuncio de María
y en su opinión. Creía que
los enemigos de Jesús se
habían llevado el cuerpo.
De inmediato, los dos discípulos
corrieron al sepulcro,
adelantándose Juan a Pedro,
por lo cual llegó primero.
Lo que vio fue tan
impresionante que se quedó
como petrificado a la
entrada de la tumba.
¿Qué
vio? «Los lienzos». Vio «el
sudario que habían puesto
alrededor de la cabeza de
Jesús… doblado y dejado
cuidadosamente en un lugar
aparte de donde estaban los
lienzos». Vio «los lienzos».
El
original griego ofrece una
interesante ayuda en cuanto
a esto. Juan emplea un término
que quiere decir «enrollados»
1
, «doblados». Los lienzos
que envolvieron el cuerpo no
habían sido desenrollados
ni desechados. ¡Estaban
intactos! Nadie los había
tocado. Seguían allí,
enrollados y doblados.
¿Cómo
pudo ocurrir esto?
Si
sus amigos habían sacado el
cuerpo de allí, ¿no se
habrían llevado también la
tela que lo envolvía?
¿Y
si hubiesen sido los
enemigos, no habrían hecho
lo mismo?
Si
no, si por alguna razón
amigos o enemigos hubieran
desenvuelto el cuerpo, ¿habrían
sido tan meticulosos como
para dejar la tela desechada
en forma tan ordenada? Por
supuesto que no.
Pero
si ni amigos ni enemigos se
llevaron el cuerpo, ¿quién
lo hizo? Esta era la
pregunta de Juan y esta
pregunta le llevó a hacer
un descubrimiento. «Vio y
creyó» ( Juan 20.8 ).
A
través de las telas de
muerte, Juan vio el poder de
la vida. ¿Sería posible
que Dios usara algo tan
triste como es el entierro
de alguien para cambiar una
vida?
Pero
Dios acostumbra hacer cosas
así:
En
sus manos, jarrones de vino
vacíos en una boda llegaron
a ser símbolos de poder.
La
moneda de una viuda llegó a
ser símbolo de generosidad.
Un
rústico establo de Belén
es su símbolo de devoción.
Y
un instrumento de muerte es
un símbolo de su amor.
¿Debería
sorprendernos que Dios haya
tomado las envolturas de
muerte para hacer de ellas
el cuadro de vida?
Lo
que nos lleva de nuevo a la
pregunta. ¿Haría Dios algo
similar en tu vida? ¿Podría
él tomar lo que hoy es una
tragedia y transformarlo en
un símbolo de victoria?
Él
lo hizo por mi amigo Rafael
Rosales. Rafael es un pastor
en El Salvador. Las
guerrillas salvadoreñas
vieron en él a un enemigo
de su movimiento y trataron
de matarlo. Abandonado para
que muriera dentro de un vehículo
en llamas, Rafael logró
salir del automóvil… y
del país. Pero no pudo
escapar a los recuerdos. Las
cicatrices no lo abandonarían.
Cada
mirada en el espejo le
recordaba de la crueldad de
sus torturadores. Quizás
nunca habría podido
recuperarse si el Señor no
le hubiera hablado a su
corazón. «Me hicieron lo
mismo a mí», oyó que le
decía su Salvador. Y a
medida que Dios fue ministrándolo,
empezó a ver sus cicatrices
en una forma diferente. En
lugar de traerles a la
memoria su dolor, se
transformaron en un cuadro
del sacrificio de su
Salvador. Con el tiempo,
pudo perdonar a sus
atacantes. Durante la semana
en que escribo esto, se
encuentra visitando su país,
buscando un lugar donde
comenzar una iglesia.
¿Podría
tal cambio ocurrirte a ti?
Sin duda que sí. Solamente
necesitas hacer lo que Juan
hizo. No irte. Permanecer
allí.
Recuerda
la segunda parte del pasaje.
«Dios obra para bien de aquellos
que lo aman » ( Romanos
8.28 ).
Así
se sintió Juan respecto de
Jesús. Lo amaba. No lo
entendía o no siempre
estuvo de acuerdo con Él,
pero lo amaba.
Y
porque lo amaba, permaneció
cerca.
La
Biblia dice que «en todo
Dios obra para el bien de
los que le aman». Antes de
concluir este capítulo, haz
este ejercicio sencillo.
Quita la palabra todo
y reemplázala con el símbolo
de tu tragedia. Para el apóstol
Juan el versículo diría:
«En ropa de sepultura
Dios obra para el bien de
los que le aman». Para
Rafael, podría ser: «En
mis cicatrices Dios
obra para el bien de los que
le aman».
¿Cómo
diría Romanos 8.28 en tu
vida?
En el hospital Dios
obra para el bien de los que
le aman.
En el proceso de
divorcio Dios obra para
el bien de los que le aman.
En la cárcel Dios
obra para el bien de los que
le aman.
Si Dios
puede cambiar la vida de
Juan a través de una
tragedia, ¿podría usar una
tragedia para cambiar la
tuya?
Con
todo lo difícil que puede
ser creer, tú podrías
estar a solo un sábado de
una resurrección. Solo a
horas de esa preciosa oración
de un corazón cambiado: «Dios,
¿hiciste esto por mí?»
1
Arthur W. Pink, Exposición
del Evangelio Según San
Juan (Grand Rapids:
Zondervan, 1975), 1077:
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