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15.
¿QUÉ DEJARÁS TÚ
EN LA CRUZ?
Confía
en el Señor con todo tu
corazón y no te fíes
de tu propio entendimiento:
reconócelo en todos tus
caminos, y él enderezará
tus calzadas.
Proverbios
3.5-6
Echa
toda tu ansiedad sobre él
porque él tiene cuidado de
ti.
1
Pedro 5.7
Nadie
puede percibir bien el poder
de la fe a menos
que la sienta por
experimentarla en su corazón.
Juan
Calvino
Tú,
en tu conciencia, debes
sentir a Cristo. Debes
vivir, inequívocamente, la
Palabra de Dios, aun cuando
el mundo entero la rechace.
Si no experimentas esto, no
has llegado
a saber aún qué es la
Palabra de Dios.
Martín
Lutero
Ahora, el cerro se ha
aquietado. No en calma, pero
aquietado. Por primera vez
en todo el día no se
escucha un ruido. Los gritos
empezaron a ceder cuando la
oscuridad, esa sorprendente
oscuridad del mediodía, cayó
sobre la tierra. Como el
agua que apaga el fuego, las
sombras apagaron la irrisión.
No más burlas. No más
bromas. No más bufonadas.
Y, poco a poco, no más
mofas. Uno a uno los
espectadores empezaron a
descender.
Es
decir, todos los
espectadores menos tú y yo.
Nosotros no nos fuimos.
Vinimos a aprender. Por eso
permanecimos en la
semioscuridad y escuchamos.
Oímos a los soldados
maldiciendo, a los que
pasaban haciendo preguntas y
a las mujeres llorando. Pero
más que nada, oímos al trío
de moribundos quejándose.
Quejidos broncos, guturales,
pidiendo agua. Se quejaban
con cada movimiento de
cabeza o con cada cambio de
posición de las piernas.
Pero
a medida que los minutos se
fueron convirtiendo en
horas, los quejidos fueron
disminuyendo. Parecía que
los tres habían muerto. De
no ser por su respirar
entrecortado, cualquiera
hubiera pensado que en
efecto ya no vivían.
Y
entonces, Él gritó. Como
si alguien lo hubiera halado
del pelo, la parte posterior
de su cabeza dio contra el
letrero que tenía escrito
su nombre, y gritó. Como un
cuchillo corta la cortina,
su grito cortó la
oscuridad.
Estirado
tanto como se lo permitían
los clavos, gritó como
cuando alguien llama a sus
amigos que se han ido: «¡Eloi!»
Su
voz sonaba áspera,
chirriante. La llama de una
antorcha danzaba en sus ojos
que permanecían abiertos.
«¡Dios mío!»
Haciendo
caso omiso de la corriente
de dolor que cual volcán en
erupción surgía de él, se
estiró hacia arriba hasta
que sus hombros estuvieron a
mayor altura que sus manos
clavadas. «¿Por qué me
has abandonado?»
Los
soldados miraron con
asombro. Las mujeres dejaron
de lamentarse. Uno de los
fariseos dijo, sarcásticamente:
«¡Está llamando a Elías!»
Nadie
se rió.
Había
hecho una pregunta a los
cielos, y era de esperar que
el cielo le diera una
respuesta.
Y
aparentemente se la dio.
Porque la expresión de Jesús
se suavizó. Y la tarde cayó
mientras él decía las que
habrían de ser sus últimas
palabras: «Todo ha
terminado. Padre, en tus
manos encomiendo mi espíritu».
Y
al exhalar su suspiro final,
la tierra se sacudió
violentamente. Una roca se
desprendió y empezó a
rodar mientras un soldado
tropezaba. Luego, tan
repentinamente como el
silencio fue roto, se
restableció.
Y
ahora todo está quieto. Las
burlas han cesado. Nadie se
mofa.
Los
soldados están atareados
limpiando los vestigios de
muerte. Han venido dos
hombres. Bien vestidos y de
modales finos, se les
entrega el cuerpo de Jesús.
Y
nosotros nos quedamos con
los residuos de su muerte.
Tres
clavos en un arca.
Tres
cruces que se perfilan
contra las sombras.
Una
corona entretejida con
manchas rojas.
Grotesco,
¿no? ¿Que esta sangre no
sea sangre de hombre sino de
Dios?
Ridículo,
¿verdad? ¿Que con esos
clavos hayan colgado tus
pecados en una cruz?
Absurdo,
¿no te parece? ¿Que la
oración de un canalla haya
obtenido respuesta? ¿O más
absurdo que otro delincuente
no haya querido orar?
Chifladuras
e ironías. El cerro del
Calvario es, precisamente,
esas dos cosas.
Debimos
de haber descrito el momento
en una forma diferente. ¡Pregúntanos
cómo debió Dios de haber
redimido el mundo y te lo
diremos! Caballos blancos,
espadas llameantes. El
maligno aplastado. Dios
sobre su trono.
¿Pero
Dios sobre una cruz?
¿Un
Dios sobre una cruz con la
boca abierta, los ojos
inflamados y sangrando?
¿Una
esponja arrojada a su
rostro?
¿Una
espada clavada en su
costado?
¿Dados
lanzados a sus pies?
No.
No habríamos podido
escribir el drama de la
redención de esta manera.
Pero, de nuevo, nadie nos
pidió hacerlo. Estos
actores, principales y
secundarios, fueron
reclutados en el cielo y
ordenados por Dios. No se
nos pidió a nosotros fijar
la hora.
Pero
sí se nos ha pedido que
reaccionemos a ella. Para
que la cruz de Cristo sea la
cruz de tu vida, tú y yo
necesitamos llevar algo al
cerro.
Hemos
visto lo que Jesús trajo.
Con manos heridas ofreció
perdón. A través de su
piel horadada prometió
aceptación. Dio los pasos
para llevarnos de vuelta a
casa. Vistió nuestra propia
ropa para darnos la suya.
Hemos visto los regalos que
trajo.
Cabe
preguntarnos ahora: ¿Qué
llevaremos nosotros?
No
se nos pidió que pintáramos
el letrero ni que lleváramos
los clavos. No se nos pidió
que lo escupiéramos ni que
compartiéramos la corona.
Pero se nos ha pedido que
hagamos el camino y dejemos
algo en la cruz.
Por
supuesto, no tenemos que
hacerlo. Muchos no lo hacen.
Muchos
han hecho lo que nosotros
hemos hecho. Más decididos
que nosotros han leído
acerca de la cruz; mejor
dispuestos que yo, han
escrito acerca de la cruz.
Muchos se han preguntado qué
dejó Jesús; pocos se han
preguntado qué debemos
dejar nosotros.
¿Quieres
que te sugiera algo que podrías
dejar en la cruz? Puedes
observar la cruz y
analizarla. Puedes leer
sobre ella e incluso orar
por ella. Pero mientras no
dejes algo allí, no habrás
abrazado la cruz.
Has
visto lo que Jesús dejó.
¿No querrías tú dejar
algo también? ¿Por qué no
comienzas con tus malos
momentos ?
¿Aquellos
malos hábitos? Déjalos en
la cruz. ¿Tus egoísmos y
las mentiritas blancas? Entrégaselos
a Dios. ¿Tus parrandas y
tus intolerancias? Dios
quiere que se lo des todo.
Cada caída, cada fracaso.
Él quiere cada una de estas
cosas. ¿Por qué? Porque
sabe que nosotros no podemos
vivir con eso.
Crecí
jugando fútbol en el
terreno vacío junto a
nuestra casa. Muchas tardes
de domingo las pasé
tratando de imitar a Don
Meredith o a Bob Hayes o a
Johnny Unitas. (No tenía
que imitar a Joe Namath. La
mayoría de las muchachas
decía que yo ya me parecía
a él.)
Los
campos en el Oeste de Texas
están llenos de un pasto
que tiene unas espinas en
forma de estrellas pero que
son muy dolorosas cuando se
adhieren a la piel. Y como
el fútbol no se puede jugar
sin caerse, imagínense cómo
me iría a mí.
Más
veces de las que puedo
recordar caí sobre ese
pasto y se me pegaron tantas
espinas que obligadamente
tenía que salir en busca de
ayuda. Los niños no esperan
que otros niños los ayuden
a levantarse cuando caen
sobre ese pasto tan
peligroso. Se necesita a
alguien con habilidad para
hacerlo. Me iba rengueando
para la casa donde mi papá
me sacaba las espinas,
pacientemente, una por una.
Yo
no era muy brillante, pero
esto sí lo sabía: Si quería
volver al juego, tenía que
conseguir que alguien me
quitara las espinas.
Cada
falta en la vida es como una
de aquellas espinas. No se
puede vivir sin caer, y no
hay caída sin daño. ¿Pero,
sabes una cosa? No siempre
somos tan sabios como los jóvenes
jugadores de fútbol. A
veces tratamos de volver al
juego sin quitarnos las
espinas. Esto ocurre, por
ejemplo, cuando no queremos
que nadie sepa que nos caímos
y actuamos como si no tuviéramos
ninguna molestia. Como
consecuencia, vivimos con
dolor. No podemos caminar
bien, dormir ni descansar
bien. Y nos ponemos
insoportables.
¿Querrá
Dios que vivamos de esa
manera? De ningún modo.
Esta es su promesa: «Este
es mi compromiso con mi
pueblo: quitar sus pecados»
( Romanos 11.27 ).
Dios
hace más que perdonar
nuestras faltas; ¡Él las
quita! Lo que nosotros
sencillamente tenemos que
hacer es llevárselas a Él.
Él
no solo quiere las faltas
que hemos cometido. ¡También
las que estamos cometiendo!
¿Estás cometiendo una en
este momento? ¿Estás
bebiendo demasiado? ¿Estás
engañando en tu trabajo? ¿En
tu matrimonio? ¿Estás
administrando mal tu dinero?
¿Tu vida?
Si
es así, no trates de
aparentar que todo está
bien. No intentes hacer
creer que no has caído. No
trates de volver al juego.
Acude primero a Dios. El
primer paso después de una
caída debe darse en dirección
de la cruz. «Si confesamos
nuestros pecados a Dios,
siempre podremos confiar que
nos perdonará y quitará
nuestros pecados» ( 1 Juan
1.9 ).
¿Qué
puedes dejar en la cruz?
Comienza con tus malos
momentos. Y mientras estás
allí, entrega a Dios tus momentos
de enojo .
¿Recuerdas
la historia de aquel hombre
a quien mordió un perro?
Cuando supo que el perro tenía
rabia, empezó a hacer una
lista. El doctor le dijo que
no era necesario que hiciera
su testamento, que iba a
mejorar de la rabia. «No,
no», le dijo el hombre, «no
estoy preparando mi
testamento. ¡Estoy haciendo
una lista de todas las
personas a las que voy a
salir a morder!»
¿No
hacemos todos nosotros una
lista? Ya tú has aprendido
que los amigos no siempre
son todo lo amigables que
esperamos que sean. Los
vecinos no siempre son
amistosos. Algunos
trabajadores nunca trabajan
y algunos jefes están
siempre arriba de uno.
Ya
te has dado cuenta que una
promesa que se hace no
siempre es una promesa que
se cumple, ¿verdad? No
porque alguien se llame tu
papá, significa que actuará
como tal. Aun cuando tus
padres digan «sí» en el
altar, es posible que en el
matrimonio digan «no».
¿Te
habías dado cuenta que
tenemos la tendencia a
pelearnos con la gente que
no nos agrada? ¿Morderlos?
Mantenemos una lista y
estamos con los dientes
apretados y listos para gruñir.
Dios
quiere que le entregues esa
lista. Él inspiró a uno de
sus siervos para que
escribiera: «El amor no
lleva un registro de los
errores» ( 1 Corintios 13.5
). Él quiere que dejemos
nuestra lista en la cruz.
No
es fácil.
«¡Pero
fíjate en lo que me
hicieron!», protestamos
mostrando nuestras heridas.
«¡Fíjate
lo que yo hice por ti!» nos
recuerda, y señala a la
cruz.
Pablo
dijo: «Si alguien hace algo
malo contra ti, perdónale
porque el Señor te perdonó
a ti» ( Colosenses 3.13 ).
A
ti y a mí se nos ha
ordenado -no sugerido, ordenado
- no guardar registro de las
faltas.
Además
¿quieres de veras mantener
una lista? ¿Realmente
quieres llevar un registro
de todas las veces en que te
han tratado mal? ¿Quieres
ir quejándote y gimoteando
por la vida? A Dios no le
agrada la idea. Libérate de
tus pecados antes que te
infecten y te domine la
amargura y entrega a Dios tu
ansiedad antes que sea
tarde. Entrégale a Dios tus
momentos de ansiedad
.
Un
hombre le contó a su sicólogo
que sus ansiedades le
estaban quitando el sueño.
Algunas noches soñaba que
era una tienda de acampar;
otras, que era una tienda de
las que usan los indios. Rápidamente,
el doctor analizó la
situación y le dijo: «Ya sé
cuál es su problema. Usted
está demasiado tenso».
La
mayoría de nosotros lo
estamos. Como padres quizás
hemos sido demasiado rígidos.
Mis hijas están en la edad
en que los jovencitos
empiezan a conducir automóvil.
Parece que fue ayer que les
estaba ayudando a aprender a
caminar y ahora ya están
detrás del volante de un
automóvil. Es sorprendente.
Estoy pensando seriamente en
mandar a hacer una calcomanía
especial para el auto de
Jenna que diga: «¿Cómo
manejo? Llame al
1–800-mi-papá».
¿Qué
hacer con estas
preocupaciones?
Literalmente: Dejarlas en la
cruz. La próxima vez que
estés preocupado por tu
salud, o la casa, o las
finanzas o los viajes,
emprende un viaje mental al
cerro. Pasa allí unos
momentos mirando de nuevo
las cosas relacionadas con
la pasión.
Pasa
tu dedo por el filo de la
lanza. Balancea un clavo en
la palma de tu mano. Lee el
letrero escrito en tu propio
idioma. Y mientras haces
esto, toca el suelo sucio,
manchado con la sangre de
Dios.
Sangre
que derramó por ti.
La
lanza que le clavaron por
ti.
Los
clavos cuyo dolor sintió
por ti.
El
letrero que dejó allí por
ti.
Todo
esto lo hizo por ti.
Sabiendo esto, sabiendo todo
lo que hizo por ti allí, ¿todavía
piensas que no tendrá
cuidado de ti aquí y ahora?
O,
como escribió Pablo: «Dios
no quiso retener a su propio
Hijo, sino que lo dio por
nosotros. Si Dios hizo esto,
¿cómo no nos va a dar
generosamente todas las
cosas?» ( Romanos 8.32 ).
Hazte
un favor: deja tus momentos
de ansiedad en la cruz. Déjalos
allí junto con tus momentos
malos, tus momentos de ira y
tus momentos de ansiedad. ¿Podría
sugerirte una cosa más?
También tu momento
final.
Salvo
que Cristo regrese antes, tú
y yo tendremos un momento
final. Un último suspiro.
Un momento en que nuestros
ojos se cerrarán y nuestro
corazón dejará de latir.
En una fracción de segundo
dejarás lo que conoces y
entrarás en lo que no
conoces.
Esto
es lo que nos molesta. La
muerte es la gran
desconocida. A pesar de eso,
siempre estamos haciendo
bromas con lo desconocido.
Sara
lo hizo. Denalyn y yo creímos
que era una gran idea.
Secuestraríamos a nuestras
hijas de la escuela y las
llevaríamos en un paseo de
fin de semana. Hicimos
reservaciones en un hotel y
arreglamos los detalles
pertinentes con los
profesores, pero sin que las
niñas supieran nada. Cuando
el viernes por la tarde nos
presentamos ante Sara en la
sala del cuarto grado,
pensamos que saltaría de
alegría. Pero no lo hizo.
Se mostraba temerosa. ¡No
quería abandonar la sala de
clases!
Cuando
nos fuimos, le aseguramos
que no ocurriría nada malo.
Habíamos venido para
llevarla a un lugar muy
divertido. No funcionó.
Cuando subimos al auto, se
puso a llorar. Estaba
confundida. No le agradaba
la interrupción.
A
nosotros tampoco. Dios
promete venir en un momento
en que no lo esperamos para
llevarnos de este mundo gris
que conocemos a un mundo
dorado que no conocemos. Y
como no lo conocemos, no
estamos seguros de querer
irnos. Incluso nos sentimos
mal cuando pensamos en su
venida.
Por
esta razón, Dios quiere que
hagamos lo que Sara
finalmente hizo: confiar en
el padre. «No se turbe tu
corazón ni tenga miedo»,
nos dice. «Vendré otra vez
y os tomaré para que estén
conmigo y así puedan estar
donde yo estoy» ( Juan 14.1
, 3 ).
Entre
paréntesis, en poco tiempo
Sara se tranquilizó y
disfrutó el viaje. Tan a
gusto estaba que no quería
regresar a casa. Tampoco tú
querrás volver acá.
¿Problemas
respecto de los momentos
finales? Déjalos a los pies
de la cruz.
Déjalos
allí con tus momentos
malos, tus momentos de ira y
tus momentos de ansiedad.
Acerca
de este tiempo, alguien podría
decirme: «Mira, Max, si
dejo todos esos momentos en
la cruz, me voy a quedar
solo con los momentos buenos».
Bueno,
¿qué te parece? Tienes
toda la razón.
PALABRAS
FINALES
No había nada de extraordinario en esa carta. Ni
letras en relieve, ni
filigrana, ni papel
especial, ni logo. Solo una
hoja de papel color amarillo
y tamaño legal, con la
parte superior dentada después
de haberla sacado del
cuaderno.
Nada
extraordinario en la
escritura manuscrita. Así
había sido siempre. Cuando
niño, trataba de imitarla.
Pero tú no querrías imitar
esta caligrafía; te costaría
mucho descifrarla. Líneas
en ángulo. Letra irregular
y espaciado inconstante.
Pero
era lo mejor que mi padre
podía hacer. El mal de Lou
Gehrig había debilitado sus
manos al punto que le
costaba un mundo llevarse el
tenedor a la boca, mucho
menos escribir palabras en
una página. Imagínalo
escribiendo con el lápiz
tomado con todos los dedos
de la mano y estarás cerca
de entendeer lo que te estoy
diciendo.
Fue
la última carta que nos
escribió. El alzheimer y el
tiempo frío estuvieron a
punto de matarlo. Denalyn y
yo corrimos a casa desde
Brasil y pasamos un mes
comiendo comida de hospital
y turnándonos junto a su
lecho. Se recuperó y
volvimos a Sudamérica. Un día
o algo así después de
haber llegado, recibimos
esta carta.
Enero 19, 1984
Queridos Max y Denalyn,
Nos alegramos que hayan
regresado sin novedad. Ahora
normalícense para retomar
el trabajo. Disfrutamos de
su visita hasta más no
poder. Incluso las noches
que pasaron conmigo.
MAX, PASE LO QUE PASE, MANTÉNGANSE SIEMPRE
UNIDOS, TÚ Y DENALYN.
Bueno, no necesito seguir garabateando. Sé que
saben cuánto los amo. Vivan
todos ustedes buenas vidas
cristianas en el TEMOR DE
DIOS.
Espero volver a verlos aquí en la tierra; si
no, será en el cielo.
Un montón de
amor,
Papá
Me imagino a papá escribiendo
esta carta. Apoyado en una
cama de hospital, lápiz en
mano, el cuaderno sobre las
rodillas. Pensando que quizás
este sería su mensaje
final. ¿Habrá escogido las
palabras con cuidado? Claro
que sí.
¿Te
puedes imaginar a ti
haciendo lo mismo? ¿Puedes
imaginarte tu mensaje final
a tus seres amados? ¿Tus últimas
palabras a un hijo o a tu
esposa?
¿Qué
les dirías? ¿Cómo lo dirías?
Aun
si no pudieras contestar la
primera pregunta, quizás
puedas contestar la segunda.
¿Cómo dirías tus últimas
palabras? ¿Con calma? ¿Cuidadosamente?
¿Por qué no como Monet,
buscando no el color exacto
sino la sombra perfecta, el
matiz apropiado? La mayoría
de nosotros solo tenemos una
oportunidad para decir
nuestras palabras finales.
Fue
todo lo que tuvo Jesús.
Sabiendo que sus obras
finales serían ponderadas
para siempre ¿no crees que
él las enfrentó con todo
cuidado? ¿Con toda calma?
Sin duda que sí. Aquel día
no hubo accidentes. Los
momentos finales de Jesús
no fueron dejados al azar.
Dios escogió la ruta; Él
seleccionó los clavos.
Nuestro Señor plantó el trío
de cruces y pintó el
letrero. Nunca Dios fue más
soberano que en los detalles
de la muerte de su Hijo. Con
la tranquilidad que mi padre
escribió la carta, así tu
Padre te dejó este mensaje:
«Lo
hice por ti. Todo lo hice
por ti».
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