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2.
«YO COMPARTIRÉ
TU LADO OSCURO»
la
promesa de dios en la
escupida del soldado
El
pecado oculto en la
profundidad de los corazones
de los impíos los impulsará
siempre a hacer lo malo.
Salmos
36.1
La
vanidad está tan arraigada
en el corazón del hombre
que… los que escriben
contra ella quieren tener la
gloria
de haber escrito bien; y los
que los leen, desean
tener la gloria de haberlos
leído.
Blaise
Pascal
El
corazón es engañoso sobre
todas las cosas e incurable.
¿Quién lo entenderá?
Jeremías
17.9
El
pecado, entendido en el
sentido cristiano, es el
precio
que hay que pagar a través
de toda la existencia.
Emil
Brunner
Oh
tendencia a hacer lo malo,
¿cómo te has arrastrado
hasta cubrir la tierra con
tu traición?
Eclesiástico
37.3
Qué habría sido de la
Bestia si la Bella no
hubiera aparecido?
Tú
conoces la historia. Hubo un
tiempo cuando su rostro era
hermoso y su palacio
agradable. Pero eso era
antes de la maldición,
antes que las sombras
cayeran sobre el castillo
del príncipe, antes que las
sombras cayeran sobre su
corazón. Y cuando esto
ocurrió, él se ocultó. Se
recluyó en su castillo, con
su hocico reluciente, sus
colmillos encorvados y un
talante horrible.
Pero
todo eso cambió cuando llegó
la joven. Me pregunto, ¿qué
habría sido de la Bestia si
la Bella no hubiera
aparecido?
O,
¿qué habría pasado si
ella no hubiera tenido la
actitud que tuvo con él? ¿Quién
habría podido reprocharla?
Él era… ¡una bestia!
Velludo. Le corría la baba.
Rugía cuando quería decir
algo. Su aspecto
aterrorizaba. Y ella era una
belleza. Adorable. Amable.
Si en el mundo dos personas
correspondieran fielmente a
sus nombres, estas serían
la Bella y la Bestia. ¿Quién
habría podido criticarla si
ella no le hubiera prestado
atención? Pero ella lo
hizo.
Y
porque la Bella amó a la
Bestia, esta llegó a ser más
hermosa.
La
historia nos resulta
familiar, no porque sea un
cuento de hadas sino porque
nos recuerda a nosotros
mismos. Dentro de cada uno
de nosotros hay una bestia.
Pero
no siempre fue así. Hubo un
tiempo cuando el rostro de
la humanidad era hermoso y
el palacio agradable. Pero
eso era antes de la maldición,
antes que las sombras
cayeran sobre el jardín de
Adán, antes que las sombras
cayeran sobre el corazón de
Adán. Y a partir de la
maldición, hemos sido
diferentes. Bestiales. Feos.
Despreciables. Cascarrabias.
Hacemos las cosas que
sabemos que no debemos hacer
y después nos preguntamos
por qué las hicimos.
La
otra noche, seguramente la
parte fea de mí mostró mi
rostro de bestia. Me
encontraba conduciendo mi
vehículo por una carretera
de dos carriles que estaban
a punto de convertirse en
uno solo. Una señora detrás
de mí conducía su vehículo
por el carril que continuaría.
Yo estaba en el que
desaparecería. Decidí que
tenía que seguir delante de
ella. Sin duda, mi agenda
era mucho más importante
que la de ella. Después de
todo ¿no soy yo un hombre
especial? ¿Un mensajero de
amor? ¿Un embajador de paz?
Así
es que aceleré.
¿Qué?
Sí, ella lo hizo también.
Cuando mi carril se terminó,
ella estaba centímetros
adelante. Refunfuñé, pero
dejé que me adelantara.
Mirando por sobre su hombro,
ella me hizo una seña de
adiós con su cara llena de
risa. Grrrr.
Quise
encender las luces de mi
auto, pero me detuve; sin
embargo, la parte siniestra
de mí saltó para decirme:
«¿Por qué no? ¿No has
sido llamado a proyectar luz
en los lugares oscuros? ¿A
iluminar las sombras?»
Así
es que puse las luces altas
que chocaron violentamente
contra su espejo retrovisor.
Ella
se vengó disminuyendo la
marcha. Ahora iba a la
vuelta de la rueda. ¡Esta
dama se las traía! No se
habría apurado aunque
hubiese sabido que toda la
ciudad de San Antonio estaba
atrasada. No pasaba de las
quince millas por hora. Yo,
ante esa situación, no
estaba dispuesto a quitar
las luces de su espejo
retrovisor. Como dos burros
taimados, ella se mantuvo
avanzando lentamente y yo
alumbrándola. Después de
una serie de pensamientos
que no me atrevo a expresar,
el camino se amplió de
nuevo de modo que empecé a
tratar de pasarla. ¿Y sabes
qué vino ahora? En una
intersección, una luz roja
nos dejó parados uno al
lado del otro. Lo que ocurrió
entonces contiene buenas y
malas noticias. La buena es
que me hizo un gesto con la
mano. La mala es que mejor
no trates de imaginarte en
qué consistió su gesto.
Momentos
después, comenzó el
remordimiento. «¿Por qué
habré hecho eso?» Yo soy,
por naturaleza, un tipo
tranquilo, pero esta vez y
por quince minutos, me
comporté como una bestia.
Solo dos cosas me
tranquilizan. Una, que no
tengo la figura de un pez
adherida a mi auto; y dos,
que el apóstol tuvo
problemas similares. «No
hago lo que quiero, sino lo
que no quiero, eso hago» (
Romanos 7.15 ). ¿Alguna vez
se han aplicado estas
palabras también a ti?
Si
la respuesta es afirmativa,
entonces estás en buena
compañía. Pablo no es el
único personaje de la
Biblia que tuvo que
trenzarse a golpes con la
bestia que había dentro de
él. Difícilmente se podría
encontrar una página de la
Escritura donde el animal no
muestre los dientes. El rey
Saúl atacando al joven
David con una lanza. Siquem
violando a Dina. Los
hermanos de Dina (los hijos
de Jacob) dando muerte a
Siquem y sus amigos. Lot
tratando de negociar con los
hombres de Sodoma y luego
huyendo apresuradamente de
allí. Herodes asesinando a
los niños de Belén. Otro
de los Herodes dando muerte
al primo de Jesús. Si a la
Biblia se la conoce como el
Libro de Dios, no es
precisamente porque la gente
que aparece en ella hayan
sido unos santitos. A través
de sus páginas la sangre
corre tan libremente como la
tinta a través de la pluma
que las relata. Pero la
maldad de la bestia nunca
fue tan grande como el día
que Cristo murió.
Los
discípulos primero fueron rápidos
para quedarse dormidos y
luego fueron rápidos para
irse.
Herodes
quería montar un espectáculo.
Pilato
quería quitárselo de
encima.
¿Y
los soldados? Querían
sangre.
Así
es que azotaron a Jesús. El
azote legionario estaba
formado por tiras de cuero
con pequeñas bolas de plomo
en sus puntas. Lo que se
quería conseguir con eso
era golpear al acusado hasta
dejarlo medio muerto y luego
parar. La ley permitía
treinta y nueve azotes, pero
casi nunca se llegaba a este
número. Un centurión
vigilaba la condición del
preso. Cuando le soltaron
las manos y se desplomó, no
hay duda que Jesús estaba
cerca de la muerte.
Los
azotes fueron lo primero que
hicieron los soldados.
La
crucifixión fue lo tercero.
(No, no me he saltado la
segunda cosa. Volveremos a
eso en un momento.) Aunque
su espalda estaba
completamente destrozada por
los azotes, los soldados
pusieron el travesaño de la
cruz sobre los hombros de
Jesús e iniciaron así la
marcha hacia el Lugar de la
Calavera donde lo
ejecutaron.
No
culpamos a los soldados por
estas dos acciones. Después
de todo, solo cumplían órdenes.
Pero lo que cuesta entender
es lo que hicieron mientras
tanto. Esta es la descripción
que hace Mateo:
Jesús fue golpeado con
azotes y entregado a los
soldados para que lo
crucificaran. Los soldados
del gobernador llevaron a
Jesús al palacio del
gobernador y allí se
reunieron alrededor de él.
Le quitaron la ropa y le
pusieron una túnica roja.
Usando ramas con espinas,
hicieron una cruz, se la
pusieron en la cabeza y le
pusieron un palo en su mano
derecha. Luego los soldados
se inclinaron ante Jesús y
se mofaron de él, diciendo:
«¡Salve. Rey de los judíos!»
Y lo escupieron. Luego le
quitaron el palo y empezaron
a golpearlo con él en la
cabeza. Después que
hubieron terminado de
hacerlo, le sacaron la túnica
y lo volvieron a vestir con
su ropa. Y lo sacaron para
crucificarlo ( Mateo
27.27–31 ).
La tarea
de los soldados no era otra
que llevar al nazareno al
cerro y ejecutarlo. Pero
ellos tenían otra idea.
Antes de matarlo, querían
divertirse un poco con él.
Soldados robustos, armados y
descansados formaron un círculo
alrededor de un carpintero
de Galilea desfalleciente y
casi muerto, y se dedicaron
a golpearlo.
Los
azotes fueron ordenados, lo
mismo que la crucifixión.
¿Pero quién podría
encontrar placer en escupir
a un hombre medio muerto?
Jamás
un escupitajo puede herir el
cuerpo. No puede. Se escupe
para hacer daño en el alma,
y ahí sí que es efectivo.
¿Qué era lo que los
soldados estaban haciendo?
¿No se estaban elevando a
expensas de otro? Se sentían
grandes a través de empequeñecer
a Cristo.
¿No
has hecho eso tú también
alguna vez? Quizás nunca
hayas escupido a alguien,
pero sí has hablado mal de
él (o de ella). O quizás
lo has calumniado. ¿Has
alzado alguna vez tu mano
impulsado por la ira, o
quitado la vista con
arrogancia? ¿Has alguna vez
lanzado tus luces altas
sobre el espejo retrovisor
de alguien? ¿Has alguna vez
hecho que alguien se sienta
mal para tú sentirte bien?
Eso
fue lo que los soldados
hicieron a Jesús. Cuando tú
y yo hacemos lo mismo, también
se lo estamos haciendo a Jesús.
«Te puedo asegurar que
cuando lo hiciste a uno de
los últimos de estos mis
hermanos y hermanas, me lo
estabas haciendo a mí» (
Mateo 25.40 ). Como tratamos
a los demás, así tratamos
a Jesús.
«No
Max, no me gusta oírte
decir esas cosas»,
protestas tú. Créeme, a mí
tampoco me gusta decirlas,
pero debemos enfrentar el
hecho que hay algo bestial
dentro de cada uno de
nosotros. Alguien que nos
hace hacer cosas que aun a
nosotros nos sorprenden. ¿No
te has sorprendido a ti
mismo? ¿No te has visto
reflejado en algo que has
hecho y que te ha hecho
preguntarte: «¿Qué hay
dentro de mí?»
Para
esa pregunta, la Biblia
tiene una respuesta de seis
letras: P-E-C-A-D-O. Hay
algo malo -bestial- dentro
de cada uno de nosotros. «Por
naturaleza somos hijos de
ira» ( Efesios 2.3 ). No es
que no podamos hacer lo
bueno. Lo hacemos. Lo que
pasa es que no podemos dejar
de hacer lo malo. En términos
teológicos estamos «totalmente
depravados». Aunque hechos
a la imagen de Dios, hemos
caído. Tenemos corrompido
el corazón. El centro de
nuestro ser es egoísta y
perverso. David dijo: «Nací
en pecado, sí, desde el
momento en que mi madre me
concibió» ( Salmo 51.5 ).
¿Podría alguien de
nosotros decir menos que
eso? Todos hemos nacido con
una tendencia a pecar. La
depravación es un estado
universal. La Escritura lo
dice claramente:
Como ovejas nos hemos
extraviado; cada uno se ha
ido por su propio camino (
Isaías 53.6 ).
El corazón es engañoso
sobre todas las cosas, y
perverso. ¿Quién podría
entenderlo? ( Jeremías 17.9
)
No hay justo ni aun uno…
Todos han pecado y no han
alcanzado la gloria de Dios
( Romanos 3.10 , 23 ).
Es posible
que alguien no esté de
acuerdo con palabras tan
fuertes; quizás tal persona
podría mirar a su alrededor
y decir: «Comparado con
fulano, yo soy una persona
decente». Un cerdo podría
decir lo mismo. Podría
mirar a sus pares y
declarar: «Estoy tan limpio
como cualquiera de estos».
Comparado con un ser humano,
sin embargo, ese cerdo
necesita ayuda. Comparados
con Dios, nosotros los
humanos necesitamos lo
mismo. La medida para la
santidad no se encuentra
entre los cerdos de la
tierra sino en el trono del
cielo. Dios mismo es la
medida.
Nosotros
somos unas bestias. Como el
ensayista francés Michel de
Montaigne dijo: «No hay
hombre tan bueno que, si
sometiera todos sus
pensamientos y actos a las
leyes, no merezca ser
colgado diez veces en su
vida». 1 Nuestras obras son feas.
Nuestros actos son rudos. No
hacemos lo que queremos, no
nos gusta lo que hacemos y,
lo que es peor (sí hay aun
algo peor), no podemos
cambiar.
Tratamos
de hacerlo, ah, sí que
tratamos. Pero, «¿Podría
un leopardo cambiar sus
manchas? De la misma manera
Jerusalén, tú no puedes
cambiar y ser buena porque
estás acostumbrada a hacer
el mal» ( Jeremías 13.23
). El apóstol coincide con
el profeta: «La mente que
es según la carne es hostil
a Dios; no se somete a la
ley de Dios porque no
puede » ( Romanos 8.7 ,
énfasis mío).
¿Aun
disientes? ¿Aun piensas que
la afirmación es demasiado
violenta? Si es así, acepta
este reto. Durante las
siguientes veinticuatro
horas trata de vivir una
vida sin pecado. No te estoy
pidiendo una década de
santidad, ni un año, ni
siquiera un mes. Solo un día.
¿Te atreves a intentarlo?
¿Podrías vivir un día sin
pecar?
¿No?
¿Y una hora? ¿Estarías en
condiciones de prometer que
por los siguientes sesenta
minutos tendrás solo
pensamientos y acciones
puros?
¿Sigues
indeciso? ¿Y cinco minutos?
Cinco minutos libres de
ansiedades, de irritación,
de ausencia de orgullo. ¿Qué
te parece cinco minutos?
¿No?
Ni yo tampoco.
Esto
quiere decir que tenemos un
problema: Somos pecadores, y
«el salario del pecado es
la muerte» ( Romanos 6.23
).
Tenemos
un problema: No somos
santos, y «nadie cuya vida
no sea santa verá jamás al
Señor» ( Hebreos 12.14 ).
Tenemos
un problema: Somos malos, y
«los malos recibirán
castigo» ( Proverbios 10.16
).
¿Qué
podemos hacer?
Deja
que los escupitajos de los
soldados simbolicen la
inmundicia en nuestros
corazones. Y luego observa
lo que hace Jesús con
nuestra inmundicia. La lleva
a la cruz.
A
través del profeta, él
dice: «Yo no escondí mi
rostro de las burlas y los
escupitajos» ( Isaías 50.6
). Mezclada con su sangre y
su sudor estaba la esencia
de nuestro pecado.
Dios
pudo haber hecho las cosas
de otra manera. Según el
plan de Dios, a Jesús se le
ofreció vinagre para su
garganta; entonces, ¿por qué
no una toalla para su
rostro? Simón cargó con la
cruz de Jesús, pero no
limpió las mejillas de Jesús.
Los ángeles estaban a tiro
de oración. ¿No podían
ellos limpiar los
escupitajos?
Podían,
pero Jesús no les dio la
orden para que lo hicieran.
Por alguna razón, Aquel que
escogió los clavos también
escogió la saliva. Además
de la lanza y la esponja del
hombre, soportó el
escupitajo del hombre. ¿Por
qué? ¿Será que él pudo
ver la belleza que había en
la bestia?
Pero
aquí termina la comparación
con la Bella y la Bestia
. En la fábula, la bella
besa a la bestia. En la
Biblia, la Bella hace mucho
más. Se hace la bestia para
que esta llegue a ser la
bella. Jesús cambia lugar
con nosotros. Nosotros, como
Adán, estábamos bajo
maldición, pero Jesús «cambió
lugar con nosotros y se puso
a sí mismo bajo esa maldición»
( Gálatas 3.13 ).
¿Qué
habría ocurrido si la Bella
no hubiese venido? ¿O que
no se hubiera interesado en
nosotros? Habríamos
permanecido siendo bestias.
Pero la Bella vino, y la
Bella se preocupó de
nosotros.
El
que estaba sin pecado tomó
la forma de un pecador para
que nosotros, pecadores,
pudiéramos tomar la forma
de un santo.
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