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3.
«YO LOS AMÉ TANTO QUE ME
HICE COMO UNO DE USTEDES»
la
promesa de dios en la
corona de espinas
Dios
se agradó que todo él
viviera en Cristo.
Colosenses
1.19
La
Palabra se hizo carne e hizo
su morada entre nosotros.
Hemos visto su gloria, la
gloria del Unigénito, quien
vino
del Padre, lleno de gracia y
verdad.
Juan
1.14
Yo
y el Padre somos uno.
Juan
10.30
Ustedes
fueron comprados, no con
algo que perece como
el oro y la plata, sino con
la sangre preciosa de
Cristo, quien fue como un
cordero puro y perfecto.
Cristo fue escogido antes de
que el mundo fuera hecho,
pero fue mostrado
al mundo en estos últimos
tiempos para su beneficio.
1
Pedro 1.18-20
Él
no solo entendió
perfectamente nuestro caso y
nuestro problema, sino que
lo ha resuelto moral,
activamente
y para siempre.
P.T.
Forsyth
Sabes qué es lo más
maravilloso sobre el regreso
de Cristo? ¿Sabes cuál es
la parte más notable de la
encarnación?
No
solo que cambió eternidad
por calendarios. Aunque tal
cambio merece nuestra atención.
La
Escritura dice que el número
de los años de Dios es
inescrutable ( Job 36.26 ).
Podemos ir para atrás en la
historia hasta el momento en
que la primera onda del mar
besó las orillas, o la
primera estrella alumbró en
el cielo, pero nunca
lograremos establecer el
momento exacto en que Dios
fue Dios, porque ese momento
no existe. No hay un momento
en que Dios no haya sido
Dios. Él nunca no ha
sido , porque es eterno.
Dios no está sujeto al
tiempo.
Pero
todo esto cambió cuando Jesús
vino a la tierra. Por
primera vez oyó una frase
que no se usaba en el cielo:
«Ha llegado la hora».
Cuando era un niño, tuvo
que abandonar el Templo
porque había llegado el
momento de hacerlo. Cuando
era ya un hombre, tuvo que
salir de Nazaret porque era
el tiempo en que tenía que
salir de allí. Como
Salvador, tuvo que morir
porque el tiempo de hacerlo
había llegado. Durante
treinta y tres años, el
semental del cielo tuvo que
vivir en el corral del
tiempo.
Esto
es, ciertamente, notable,
pero todavía hay más.
¿Quieres
ver la joya más brillante
del tesoro de la encarnación?
Quizás pienses que sea el
tener que vivir dentro de un
cuerpo. En un momento, él
era un espíritu sin
limitaciones, y al
siguiente, era carne y
huesos. ¿Recuerdas estas
palabras del rey David? «¿A
dónde puedo irme para
alejarme de tu Espíritu? ¿A
dónde huiré de ti? Si subo
al cielo, allí estás tú.
Si bajo a la tumba, allí tú
estás. Si me levanto con el
sol en el este y me pongo en
el oeste más allá del mar,
incluso allí me guiarás tú»
( Salmos 139.7–10 ).
Nuestra
pregunta: «¿Dónde está
Dios?» es como si un pez
preguntara: «¿Dónde está
el agua?» O un pajarillo
preguntara: «¿Dónde está
el aire?» ¡Dios está en
todas partes! Igualmente en
Pekín que en Peoria. Tan
activo en las vidas de los
esquimales como en las de
los tejanos. El dominio de
Dios es «de mar a mar, y
desde el río hasta los
confines de la tierra» (
Salmos 72.8 ). No hay un
lugar donde no esté Dios.
Pero
cuando Dios entró en el
tiempo y llegó a ser un ser
humano, el que era infinito
llegó a ser finito. Quedó
preso en la carne.
Restringido por músculos y
párpados con tendencia al
cansancio. Por más de tres
décadas, su una vez alcance
ilimitado se vio restringido
al largo del brazo y su
velocidad al paso del pie de
un hombre.
Me
pregunto: «¿Estuvo alguna
vez tentado a recuperar su
infinitud? ¿Habrá
considerado, en medio de un
largo viaje, trasladarse
milagrosamente a la
siguiente ciudad? ¿Se habrá
sentido tentado alguna vez,
cuando la lluvia fría
entumecía sus huesos,
cambiar las condiciones climáticas?
¿Y no habrá querido,
cuando el calor secaba sus
labios, sumergirse en el
Caribe en busca de alivio?
Si
alguna vez tuvo estos
pensamientos, nunca cedió a
ellos. Ni una sola vez. Jamás
usó Cristo sus poderes
sobrenaturales para
beneficio personal. Con una
sola palabra habría podido
transformar la dura tierra
en suave lecho, pero no lo
hizo.Con un movimiento de su
mano pudo haber devuelto en
el aire los escupitajos de
sus acusadores y hacer
blanco en sus rostros, pero
no lo hizo. Con un levantar
de sus cejas pudo haber
paralizado el brazo del
soldado que le incrustaba la
corona de espinas. Pero no
lo hizo.
Notable.
¿Pero será esto lo más
extraordinario de su venida?
Muchos quizás digan que no.
Otros tantos, quizás en
mayor número, es posible
que apunten más allá de su
condición de infinito, a su
condición de impecabilidad.
Es fácil comprender por qué.
¿No
es este el mensaje de la
corona de espinas?
Un
soldado no identificado tomó
ramas: suficientemente
maduras como para tener
espinas, suficientemente
flexibles como para doblarse
e hizo con ellas una corona
de escarnio, una corona de
espinas.
A
través de la Escritura las
espinas simbolizan, no el
pecado, sino la consecuencia
del pecado. ¿Recuerdas el
Edén? Después que Adán y
Eva hubieron pecado, Dios
maldijo la tierra: «Así es
que pondré una maldición
en la tierra… La tierra
producirá espinas y maleza
para ti, y tú comerás las
plantas del campo» ( Génesis
3.17–18 ). Zarzas en la
tierra son el producto del
pecado en el corazón.
Esta
verdad halla eco en las
palabras de Dios a Moisés.
Ordenó a los israelitas
limpiar la tierra de los
pueblos impíos. Habría
problemas si desobedecían.
«Pero si no echan a estos
pueblos fuera de la tierra,
les traerán dificultades.
Serán como afilados
cuchillos en sus ojos y
espinas en sus costados» (
Números 33.55 ).
La
rebelión produce espinas.
«La vida de la gente mala
es como camino cubierto con
espinas y trampas» (
Proverbios 22.5 ). Incluso
Jesús comparó la vida de
la gente perversa a espinos.
Al hablar de los profetas
falsos, dijo: «Conocerán a
estas gentes por lo que
hacen. Los espinos no pueden
producir uvas, y los abrojos
no pueden producir higos» (
Mateo 7.16 ).
El
fruto del pecado es espinas.
Púas, lancetas afiladas que
cortan.
Pongo
especial énfasis en las
espinas para decirte algo en
lo cual quizás nunca habías
pensado: Si el fruto del
pecado es espinas, ¿no es
la corona de espinas en las
sienes de Cristo un cuadro
del fruto de nuestro pecado
que atravesó su corazón?
¿Cuál
es el fruto del pecado? Adéntrate
en el espinoso terreno de la
humanidad y sentirás unas
cuantas punzadas. Vergüenza.
Miedo. Deshonra. Desaliento.
Ansiedad. ¿No han nuestros
corazones quedado atrapados
en estas zarzas?
No
ocurrió así con el corazón
de Jesús. Él nunca ha sido
dañado por las espinas del
pecado. Él nunca conoció
lo que tú y yo enfrentamos
diariamente. ¿Ansiedad?
¡Él nunca se turbó! ¿Culpa?
Él nunca se sintió
culpable. ¿Miedo? Él nunca
se alejó de la presencia de
Dios. Jesús nunca conoció
los frutos del pecado…
hasta que se hizo pecado por
nosotros.
Y
cuando tal cosa ocurrió,
todas las emociones del
pecado se volcaron sobre él,
como sombras en una foresta.
Se sintió ansioso,
culpable, solo. ¿No lo ves
en la emoción de su
clamor?: «Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has
desamparado?» ( Mateo 27.46
). Estas no son las palabras
de un santo. Es el llanto de
un pecador.
Y
esta oración es una de las
partes más destacadas de su
venida. Pero aun puedo
pensar en algo todavía más
grande. ¿Quieres saber qué
es? ¿Quieres saber qué es
lo más maravilloso de su
venida?
No
es que Aquel que jugaba
canicas con las estrellas
haya renunciado a eso para
jugar con canicas comunes.
No
es que él, en un instante,
haya pasado de no necesitar
nada a necesitar aire,
comida, un chorro de agua
caliente y sales para sus
pies cansados y, más que
todo eso, necesitaba a
alguien -cualquiera- que
estuviera más preocupado
sobre dónde iría a pasar
la eternidad que dónde
gastaría su cheque del
viernes.
No
que haya mantenido la calma
mientras la docena de sus
mejores amigos sintieron el
calor y se apresuraron a
salir de la cocina. Ni que
no haya dado la orden a los
ángeles, que le rogaban: «Solo
danos la orden, Señor. Una
sola palabra y estos
demonios se transformarán
en huevos revueltos».
No
que se haya negado a
defenderse cuando cargó con
cada pecado de cada disoluto
desde Adán. Ni que haya
guardado silencio mientras
un millón de veredictos de
culpabilidad resonaban en el
tribunal del cielo y el
dador de la luz quedaba en
medio de la fría noche de
los pecadores.
Ni
siquiera que después de
aquellos tres días en el
hueco oscuro haya salido al
sol de la Pascua con una
sonrisa y un contoneo y una
pregunta para el humillado
Lucifer: «¿Fue ese tu
mejor golpe?»
Eso
fue fantástico, increíblemente
fantástico.
¿Pero
quieres saber que fue lo más
maravilloso de Aquel que
cambió la corona de los
cielos por una corona de
espinas?
Que
lo hizo por ti. Sí, por ti.
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