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4.
«YO TE PERDONO»
la
promesa de dios en los
clavos
Él
perdonó todos nuestros
pecados. Él canceló la
deuda,
que incluía la lista de
todas las leyes que habíamos
violado. Él quitó la lista
con las leyes y la clavó en
la cruz.
Colosenses
2.13-14
Cuando
decimos que los méritos de
Cristo proveen la gracia
para nosotros estamos
diciendo que hemos sido
purificados por su sangre, y
que su muerte fue una
expiación
por nuestros pecados.
Juan
Calvino
No
hay diferencia, porque todos
hemos pecado y hemos quedado
fuera de la gloria de Dios,
y somos justificados
libremente por su gracia
mediante la redención que
vino
por Cristo Jesús. Dios se
ofreció como un sacrificio
de expiación mediante la fe
en su sangre.
Romanos
3.22-25
Para
todos de una vez todos los
pecados son expiados en la
Cruz, toda la Caída es
borrada, y toda la sujeción
a Satanás y toda la
sentencia producto de la caída
de Adánes borrada,
cancelada y anulada por los
clavos de Jesús.
Conde
Nicolás Ludwig von
Zinzendorf
Él nunca me habría pedido
que guardara la lista. No me
atreví a mostrársela. Es
un excelente constructor, un
amigo muy querido. Él nos
ha construido una gran casa.
Pero la casa tiene sus
fallas.
Solo
esta semana me di cuenta de
ellas. Porque no fue sino
hasta esta semana que empecé
a vivir en la casa. Una vez
que te estableces en un
lugar, te percatas de cada
detalle.
«Haz
una lista de todo», me
dijo.
«Está
bien».
La
puerta de uno de los
dormitorios no cierra. La
ventana del cuarto de
guardar cosas está rota.
Alguien olvidó instalar el
toallero en el cuarto de las
niñas. Alguien también
olvidó colocar la perilla
en el estudio. Como dije, la
casa es preciosa pero la
lista suma y sigue.
Al
mirar la lista de los
errores cometidos por los
constructores, pensé en que
Dios seguramente está
haciendo una lista de mí.
Después de todo ¿no ha
hecho Él su residencia en
mi corazón? Y si veo
defectos en mi casa, imagínate
lo que Él verá en mí. ¿Te
atreverías a pensar en la
lista que Él estará
haciendo de tu vida?
Los
goznes de la puerta del
cuarto de oración se han
enmohecido debido a que la
puerta no se abre casi
nunca.
La
estufa llamada celos está
sobrecalentada.
El
piso del ático está
recargado con demasiados
lamentos.
El
sótano está hasta el tope
de secretos.
¿No
habría alguien que quisiera
correr el postigo y liberar
el aire de pesimismo de este
corazón?
La
lista de nuestras
debilidades. ¿Querrías ver
la tuya? ¿Te gustaría
hacerla pública? ¿Cómo te
sentirías si fuera exhibida
de modo que todos,
incluyendo Cristo mismo,
pudiera verla?
¿Quieres
que te lleve al momento en
que tal cosa ocurrió?
Sí,
hay una lista de tus
fracasos. Cristo ha escrito
tus defectos. Y sí, esa
lista se ha hecho pública.
Pero tú no la has visto. Ni
yo tampoco.
Ven
conmigo al cerro del
Calvario y te diré por qué.
Observa
a los que empujan al
Carpintero para que caiga y
estiran sus brazos sobre el
madero travesaño. Uno
presiona con su rodilla
sobre el antebrazo mientras
pone un clavo sobre su mano.
Justo en el momento en que
el soldado alza el martillo,
Jesús vuelve la cabeza para
mirar el clavo.
¿No
pudo Jesús haber detenido
el brazo del soldado? Con un
leve movimiento de sus bíceps,
con un apretón de su puño
pudo haberse resistido. ¿No
se trataba de la misma mano
que calmó la tempestad,
limpió el templo y derrotó
a la muerte?
Pero
el puño no se cerró… y
nada perturbó el desarrollo
de la tarea.
El
mazo cayó, la piel se rompió
y la sangre empezó a gotear
y luego a manar en
abundancia. Vinieron
entonces las preguntas: ¿Por
qué? ¿Por qué Jesús no
opuso resistencia?
«Porque
nos amaba», contestamos. Es
verdad. Una verdad
maravillosa aunque, perdóname,
una verdad parcial. Él tuvo
más que esa razón. Vio
algo que lo hizo mantenerse
sumiso. Mientras el soldado
le presionaba el brazo Jesús
volvió la cabeza hacia el
otro lado, y con su mejilla
descansando sobre el madero,
vio:
¿Un
mazo? Sí.
¿Un
clavo? Sí.
¿La
mano del soldado? Sí.
Pero
vio algo más. Vio la mano
de Dios. Parecía la mano de
un hombre. Dedos largos y
manos callosas, como los de
un carpintero. Todo parecía
normal, pero estaba lejos de
serlo.
Esos
dedos formaron a Adán del
barro y escribieron verdades
en tablas de piedra.
Con
un movimiento, esta mano
derribó la torre de Babel y
abrió el Mar Rojo.
De
esta mano fluyeron las
langostas que cubrieron
Egipto y los cuervos que
alimentaron a Elías.
¿Podría
sorprender a alguien que el
salmista celebrara la
liberación, diciendo: «Tú
dirigiste a las naciones con
tu mano… Fue tu mano
derecha, tu brazo y la luz
de tu complacencia» (
Salmos 44.2–3 ).
La
mano de Dios es una mano
poderosa.
Oh,
las manos de Jesús. Manos
de encarnación en su
nacimiento. Manos de
liberación al sanar. Manos
de inspiración al enseñar.
Manos de dedicación al
servir. Y manos de salvación
al morir.
La
multitud en la cruz entendió
que el propósito al
martillar era clavar las
manos de Cristo a un madero.
Pero esto es solo la mitad
de la verdad. No podemos
culparlos por no ver la otra
mitad. No podían verla.
Pero Jesús sí. Y el cielo.
Y nosotros.
A
través de los ojos de la
Escritura vemos lo que otros
no vieron pero Jesús sí
vio. «Él dejó sin efecto
el documento que contenía
los cargos contra nosotros.
Los tomó y los destruyó,
clavándolos a la cruz de
Cristo» ( Col. 2.14 ).
Entre
sus manos y la madera había
una lista. Una larga lista.
Una lista de nuestras
faltas: nuestras
concupiscencias y mentiras y
momentos de avaricia y
nuestros años de perdición.
Una lista de nuestros
pecados.
Suspendida
de la cruz hay una lista
pormenorizada de tus
pecados. Las malas
decisiones del año pasado.
Las malas actitudes de la
semana pasada. Allí abierta
a la luz del día para que
todos los que están en el
cielo puedan verla, está la
lista de tus faltas.
Dios
ha hecho con nosotros lo que
yo estoy haciendo con
nuestra casa. Ha hecho una
lista de nuestras faltas.
Sin embargo, la lista que
Dios ha hecho no se puede
leer. Las palabras no se
pueden descifrar. Los
errores están cubiertos.
Los pecados están
escondidos. Los que están
al principio de la lista están
ocultos por su mano; los de
debajo de la lista están
cubiertos por su sangre. Tus
pecados están «borroneados»
por Jesús. «Él te ha
perdonado todos tus pecados:
él ha limpiado
completamente la evidencia
escrita de los mandamientos
violados que siempre
estuvieron sobre nuestras
cabezas, y los ha anulado
completamente al ser clavado
en la cruz» ( Colosenses
2.14 ).
Por
esto es que no cerró el puño.
¡Porque vio la lista! ¿Qué
lo hizo resistir? Este
documento, esta lista de tus
faltas. Él sabía que el
precio de aquellos pecados
era la muerte. Él sabía
que la fuente de tales
pecados eras tú, y como no
pudo aceptar la idea de
pasar la eternidad sin ti,
escogió los clavos.
La
mano que clavaba la mano no
era la de un soldado romano.
La
fuerza detrás del martillo
no era la de una turba
enfurecida.
El
veredicto detrás de la
muerte no fue una decisión
de judíos celosos.
Jesús
mismo escogió los clavos.
Por
eso, la mano de Jesús se
abrió. Si el soldado
hubiera vacilado, Jesús
mismo habría alzado el
mazo. Él sabía cómo. Para
él no era extraño clavar
clavos. Como carpintero sabía
cómo hacerlo. Y como
Salvador, sabía lo que eso
significaba. Sabía que el
propósito del clavo era
poner tus pecados donde
pudieran ser escondidos por
su sacrificio y cubiertos
por su sangre.
De
modo que Jesús mismo usó
el martillo.
La
misma mano que calmó la mar
borra tu culpa.
La
misma mano que limpió el
templo limpia tu corazón.
La
mano es la mano de Dios.
El
clavo es el clavo de Dios.
Y
como las manos de Jesús se
abrieron para el clavo, las
puertas del cielo se
abrieron para ti.
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