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5.
«TE HABLARÉ
EN TU PROPIO IDIOMA»
la
promesa de dios a través
del letrero
Escribió
Pilato un letrero y lo puso
en la cruz. Decía:
Jesús de Nazaret, el rey de
los judíos.
Juan
19.19
De
modo que la fe viene por lo
que se oye, y lo que se oye
viene a través de la
palabra de Cristo.
Romanos
10.17
Estoy
seguro que cuando suba al púlpito
para predicar o me pare ante
el atril para leer, no es mi
palabra, sino que mi lengua
es el lápiz de un escritor
dispuesto.
Martin
Lutero
Mucho antes de contraer
matrimonio, ya yo sabía de
la importancia de leer las
señales de la esposa. Sabio
es el hombre que aprende el
lenguaje no verbal de su
esposa, que discierne las señales
y sabe interpretar los
gestos. No es simplemente lo
que se dice, sino cómo se
dice. No es solo cómo, sino
cuándo. No es solo cuándo,
sino dónde. El buen marido
es aquel que sabe descifrar.
Hay que leer las señales.
Creía
que aquel fin de semana en
Miami yo estaba haciendo un
buen trabajo. Llevábamos
solo unos meses de casados y
tendríamos visitas en
nuestro departamento. Yo había
invitado a un predicador
para el domingo, esperando
que viniera y estuviera con
nosotros desde el sábado
por la noche. Riesgosa
decisión la mía ya que el
hombre no era un aprendiz
recién salido del aula sino
que era un antiguo y
distinguido profesor. Y no
cualquier profesor, sino un
especialista en relaciones
familiares. ¡Qué tal!
Nuestra nueva familia iba a
tener de invitado a un
especialista en familia!
Cuando
Denalyn lo supo, me mandó
una señal. Una señal
verbal: «Será mejor que
limpiemos la casa». El
viernes por la noche, me
mandó otra señal, esta vez
no verbal. Se puso sobre sus
rodillas y empezó a
restregar el piso de la
cocina. Yo, por dicha, uní
las dos señales, agarré el
mensaje y me dispuse a
cooperar.
Pensé:
«¿Qué puedo hacer?» Uno
nunca debe inclinarse por
los trabajos demasiado
sencillos, así es que pasé
por sobre el polvo y la
aspiradora buscando algo más
importante que hacer. Después
de una detenida inspección,
se me ocurrió lo que parecía
perfecto. Pondría fotografías
en un álbum de pared. Uno
de nuestros regalos de boda
había sido un álbum de
este tipo. Todavía no lo
habíamos desempacado, ni
aun lo habíamos llenado.
Pero todo eso cambiaría
aquella noche.
De
modo que me puse a trabajar.
Con Denalyn restregando el
piso detrás de mí y a mi
lado una cama sin arreglar,
volqué en frente mío una
caja de zapatos llena de
fotos y empecé a ponerlas
en el álbum. (No sé en qué
estaba pensando, supongo que
decirle a la visita: «Oiga,
vaya a la lavandería y fíjese
en la colección de fotos
que tenemos en la pared».)
Había
perdido el mensaje. Cuando
Denalyn, con un frío en su
voz capaz de congelar a
cualquiera me preguntó qué
estaba haciendo, seguí sin
captar el mensaje. «Poniendo
fotos en un álbum de pared»,
le contesté, plenamente
satisfecho. Por la siguiente
media hora, Denalyn se
mantuvo en silencio. ¿Y yo?
De lo más tranquilo. Supuse
que estaría orando, dando
gracias a Dios por el marido
tan maravilloso que le había
dado. O que quizás estaría
pensando: «Ojalá que después
que termine con las fotos,
empiece con el álbum de
recortes».
Pero
ella no estaba pensando eso.
El primer indicio de que
algo no estaba saliendo bien
lo tuve cuando finalmente,
después de haber limpiado
ella sola todo el
departamento, me dijo, a
modo de despedida: «Me voy
a la cama. Estoy furiosa. Mañana
por la mañana te voy a
decir por qué».
¡Uyuyuy!
A
veces dejamos de ver las señales.
(Aun ahora, es posible que
un varón de corazón
bondadoso y despistado se
esté preguntando: «¿Por
qué se habrá puesto
furiosa la señora?» Vas a
aprender, mi amigo, vas a
aprender.)
El
que enmarca nuestro destino
está acostumbrado a nuestra
estupidez. Dios sabe que a
veces no vemos las señales.
Quizás por eso nos ha dado
tantas. El arco iris después
del diluvio se refiere al
pacto de Dios. La circuncisión
identifica a los elegidos de
Dios y las estrellas hacen
referencia al tamaño de su
familia. Aun hoy día, vemos
señales en la iglesia del
Nuevo Testamento. La Santa
Cena es una señal de su
muerte, y el bautismo es una
señal de nuestro nacimiento
espiritual. Cada una de
estas señales simboliza una
tremenda verdad espiritual.
Sin
embargo, la señal más patética
la encontramos sobre la
cruz. Un anuncio en tres
idiomas, escrito a mano,
ejecutado por orden del
Imperio Romano.
Pilato escribió un
letrero y lo puso sobre la
cruz. En él se leía: Jesús
de Nazaret, rey de los judíos.
El letrero fue escrito en
hebreo, en latín y en
griego. Mucha de la gente lo
leyó, porque el lugar donde
Jesús fue crucificado
estaba cerca de la ciudad.
Los principales sacerdotes
dijeron a Pilato: «No
escribas, “El rey de los
judíos”, sino escribe:
“Este hombre dijo: ‘Yo
soy el rey de los judíos’
”».
Pilato
les respondió: «Lo que he
escrito, he escrito» ( Juan
19.19–22 ).
¿Por qué
un letrero sobre la cabeza
de Jesús? ¿Por qué esas
palabras perturbaban a los
judíos y por qué Pilato
rehusó cambiarlas? ¿Por qué
el letrero escrito en tres
idiomas y por qué el
letrero aparece mencionado
en los cuatro Evangelios?
De
todas las posibles
respuestas a estas
preguntas, vamos a
concentrarnos en una. ¿Será
que este pedazo de madera es
un cuadro de la devoción de
Dios? ¿Un símbolo de su
pasión para decirle al
mundo acerca de su Hijo? ¿Un
recordatorio que Dios hará
lo que sea para compartir
contigo el mensaje de este
anuncio? Para mí que el
letrero revela dos verdades
sobre el deseo de Dios de
alcanzar al mundo.
No
hay persona que Él no use
Nota que
el letrero da frutos de
inmediato. ¿Recuerdas la
reacción del criminal? Poco
antes de su propia muerte,
en un torbellino de dolor,
dijo: «Jesús, acuérdate
de mí cuando vengas en tu
reino» ( Lucas 23.42 ).
Qué
interesante la selección de
palabras. Él no dice: «Sálvame».
No ruega: «Ten misericordia
de mi alma». Su apelación
es la de un siervo a un rey.
¿Por qué? ¿Por qué se
refiere al reino de Jesús?
Quizás había oído hablar
a Jesús. Quizás estaba al
tanto de las afirmaciones
que hacía Jesús de sí
mismo. O, más
probablemente, quizás había
leído el letrero: «Jesús
de Nazaret, rey de los judíos».
Lucas
parece hacer la conexión
entre el lector del letrero
y el que hace la petición.
En un versículo, escribe:
«En la parte alta de la
cruz se escribieron estas
palabras: Este es el rey de
los judíos» ( Lucas 23.38
). Cuatro breves versículos
más adelante leemos la
petición del ladrón: «Jesús,
acuérdate de mí cuando
vengas en tu reino».
El
ladrón sabe que está
metido en un ambiente real.
Vuelve la cabeza y lee una
proclamación real y pide
ayuda real. Así de
sencillo. De haber sido así,
el letrero fue el primer
recurso usado para proclamar
el mensaje de la cruz.
Incontables otros han
seguido, desde la página
impresa a la radio, a las
cruzadas multitudinarias, al
libro que tienes en tus
manos. Todo esto fue
precedido por un rústico
anuncio en un pedazo de
madera. Y gracias a ese
letrero, un alma se salvó.
Todo porque alguien colocó
un letrero sobre una cruz.
Yo
no sé si los ángeles
entrevistan a los que van a
entrar en el cielo, pero si
lo hacen, la entrevista a
este debió de haber sido
muy divertida. Imagínate al
ladrón arribando al Centro
de Procesamiento de las
Puertas de Perlas.
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Ángel:
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Tome
asiento. Ahora, dígame…
señor… hum… ladrón,
¿cómo llegó a ser
salvo?
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Ladrón:
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Solo
le pedí a Jesús que
se acordara de mí en
su reino. La verdad es
que no esperaba que
todo ocurriera tan rápido.
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Ángel:
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Ya
veo. ¿Y cómo supo
que era un rey?
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Ladrón:
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Había
un letrero sobre su
cabeza: «Jesús de
Nazaret, rey de los
judíos». Yo creí en
lo que decía el
letrero y… aquí
estoy.
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Ángel:
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(Tomando
nota en una libreta)
Creyó… un…
letrero.
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Ladrón:
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Exactamente.
El letrero lo puso allí
alguien de nombre
Juan.
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Ángel:
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No
lo creo.
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Ladrón:
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Hmmm.
Quizás fue el otro
seguidor, Pedro.
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Ángel:
|
No.
Tampoco fue Pedro.
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Ladrón:
|
¿Entonces
cuál de los apóstoles
lo puso?
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Ángel:
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Bueno,
si en verdad quiere
saberlo, el letrero
fue idea de Pilato.
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Ladrón:
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¡No
me diga! ¿Pilato, eh?
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Ángel:
|
No
se sorprenda. Dios usó
un arbusto para llamar
a Moisés y a un burro
para condenar a un
profeta. Para lograr
la atención de Jonás,
Dios usó un gran pez.
No hay nadie a quien
Él no quiera usar.
Bueno, lleve esto a la
próxima ventanilla.
(El ladrón empieza a
salir) Solo siga las
señales.
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Pilato no
tenía ningún interés en
difundir el evangelio. De
hecho, el letrero decía en
otras palabras: «Esto es lo
que llega a ser un rey judío;
esto es lo que los romanos
hacen con él. El rey de
esta nación es un esclavo;
un criminal crucificado; y
si esto es el rey,¡cómo
será la nación de la cual
es rey!» 1 Pilato había puesto el
letrero para amenazar y
mofarse de los judíos. Pero
Dios tenía otro propósito…
Pilato fue el instrumento de
Dios para esparcir el
evangelio. Sin saberlo, fue
el amanuense del cielo. Tomó
el dictado de Dios y lo
escribió en el letrero. Y
ese letrero cambió el
destino de alguien que lo
leyó.
No
hay nadie a quien Dios no
quiera usar.
C.S.
Lewis puede decírtelo. No
podemos imaginarnos al siglo
veinte sin C.S. Lewis. El
profesor de Oxford conoció
a Cristo en sus años de
adulto y su pluma ha ayudado
a millones a hacer lo mismo.
Resultaría difícil
encontrar a un escritor con
un llamamiento tan amplio y
una perspicacia espiritual
tan profunda.
Y
sería difícil encontrar a
un evangelista más peculiar
que aquel que guió a Lewis
a Cristo.
No
era esa su intención porque
él mismo no era un
creyente. Su nombre fue T.D.
Weldon. Como Lewis, era agnóstico.
Según uno de sus biógrafos,
«se mofaba de todos los
credos y de casi todas las
afirmaciones positivas».
Era un intelectual, un incrédulo
cínico. Pero un día, hizo
un comentario que cambió la
vida de Lewis. Había venido
estudiando una defensa teológica
de los Evangelios. «¡Qué
cosa más extraña», comentó,
como solo un inglés podría
hacerlo, «esa barbaridad de
que Dios ha muerto. Tal
parece como si realmente
hubiera muerto!». Lewis
casi no podía creer lo que
había oído. Al principio,
pensó que Weldon estaría
bajo los efectos del
alcohol. La afirmación,
aunque inopinada e inpensada,
fue suficiente para que
Lewis considerara que quizás
Jesús realmente era el que
decía ser. 2
Un
ladrón es guiado a Cristo
por alguien que rechazó a
Cristo. Un erudito es guiado
a Cristo por alguien que no
creía en Cristo.
No
hay persona a quien Él no
use. Y,
No
hay idioma en el que Dios no
hable.
Cada
transeúnte podía leer el
letrero, porque cada transeúnte
podía leer hebreo, latín o
griego, los tres grandes
idiomas del mundo antiguo.
«Hebreo era la lengua de
Israel, la lengua de la
religión; latín era la
lengua de los romanos, la
lengua de la ley y del
gobierno; y el griego era la
lengua de Grecia, la lengua
de la cultura. En todas
ellas, Cristo fue declarado
rey». 3
Dios tenía un mensaje para
cada uno: «Cristo es rey».
El mensaje era el mismo,
pero el idioma era
diferente. Ya que Jesús era
el rey de todas las
naciones, el mensaje sería
en los idiomas de todos los
pueblos.
No
hay lenguaje en el que Él
no hable. Lo cual nos lleva
a una pregunta encantadora.
¿En qué lenguaje te está
hablando a ti? No me estoy
refiriendo a un idioma o
dialecto, sino al drama
diario de tu vida. Dios
habla, tú lo sabes bien. Él
nos habla en cualquier
lenguaje que nosotros
entendamos.
Hay
ocasiones en que habla en el
«lenguaje de la abundancia».
¿Está tu estómago lleno?
¿Has pagado todas tus
cuentas? ¿Te queda algo en
la billetera? No seas tan
orgulloso de lo que tienes
que dejes de oír lo que
debes de oír. ¿Será que
tienes mucho como para dar
también mucho? «Dios puede
darte más bendiciones de
las que necesitas. En tal
caso, tendrás abundancia de
todo, suficiente como para
dar a cada obra buena» ( 2
Corintios 9.8 ).
¿Está
Dios hablándote con el «lenguaje
de la abundancia»? O estás
escuchando el «vernáculo
de la necesidad»? Nos
gustaría que nos hablara en
el idioma de la abundancia,
pero no siempre es así.
¿Me
dejas contarte de una vez
cuando Dios me dio un
mensaje usando la gramática
de la necesidad? El
nacimiento de nuestro primer
hijo coincidió con la
cancelación de nuestro
seguro de salud. Aun ahora
no me explico cómo sucedió.
Tuvo que ver con la compañía
que tenía sus oficinas en
los Estados Unidos y Jenna
estaba naciendo en Brasil.
Denalyn y yo estábamos
locos de alegría con una niña
de ocho libras y abrumados
con una cuenta de dos mil
quinientos dólares en el
hospital.
Pagamos
la cuenta usando los fondos
que habíamos ahorrado.
Agradecido de haber podido
pagar la deuda, me sentía
de todos modos molesto por
el problema del seguro, así
es que me pregunté: «¿Estará
Dios tratando de decirnos
algo?»
Unas
pocas semanas más tarde
llegó la respuesta.
Había
hablado en un retiro de una
iglesia, pequeña aunque
feliz, de la Florida. Un
miembro de la congregación
me pasó un sobre, diciéndome:
«Esto es para su familia».
Regalos así no eran cosa
extraña. Estábamos
acostumbrados a ello y
agradecidos por estas
donaciones no solicitadas,
las que generalmente eran de
cincuenta o cien dólares.
Esperaba que en esta ocasión
la suma sería parecida.
Pero cuando abrí el sobre,
el cheque era por
(adivinaste) dos mil
quinientos dólares.
Dios
me habló a través del
lenguaje de la necesidad.
Fue como si me hubiera
dicho: «Max: Yo estoy
involucrado en tu vida. Yo
te cuidaré».
¿Estás
tú oyendo el «lenguaje de
la necesidad»? ¿Y qué me
dices del «lenguaje de la
aflicción»? Este es un
lenguaje que evitamos. Pero
tanto tú como yo sabemos cuán
claramente habla Dios en los
pasillos de los hospitales y
en las camas de los
enfermos. Sabemos lo que
David quiere decir cuando
afirma: «Me hace descansar»
( Salmo 23.2 ). Nada mejor
que un cuerpo débil para
prestar oídos al cielo.
Dios
habla todas las lenguas,
incluyendo la tuya. ¿No ha
dicho él: «Te enseñaré
el camino en que debes de
andar»? ( Salmos 32.8 ) ¿No
nos apresuramos a «recibir
instrucción de su boca» (
Job 22.22 )? ¿En qué
idioma te está hablando
Dios?
¿No
te alegras cuando Él habla?
¿No te llena de emoción
que le intereses tanto que
te hable? ¿No es bueno
saber que «el Señor dice
sus secretos a todos los que
lo respetan» ( Salmos 25.14
)?
Mi
tío Carl se sentía
agradecido cuando alguien le
hablaba. Un caso de sarampión
lo dejó imposibilitado de oír
o hablar. Cerca de todos sus
más de sesenta años los
vivió en un silencio
sepulcral. Pocas personas
hablaban su lenguaje.
Mi
padre era uno de esos pocos.
Siendo su hermano mayor,
quiso protegerlo. Después
que su padre murió, se
esperaba que mi padre se
hiciera cargo de la situación.
Cualquiera que haya sido la
razón, el caso es que mi
padre aprendió el lenguaje
por señas. Mi papá no era
un estudiante muy
aventajado. Nunca terminó
la secundaria. Nunca fue a
la universidad. Nunca vio la
necesidad de aprender español
ni francés. Pero sí se dio
el tiempo para aprender el
lenguaje de su hermano.
Bastaba
con que mi papá entrara al
cuarto para que el rostro de
Carl se iluminara. Buscaban
un rincón, y echaban a
volar las manos. Así podían
pasar largos ratos. Y aunque
nunca oí a Carl decir
gracias (no podía hacerlo),
su amplia sonrisa no dejaba
dudas de lo agradecido que
estaba. Mi papá había
aprendido su lenguaje.
También
tu padre ha aprendido a
hablar tu lenguaje. «Te ha
sido dado el conocer los
misterios del reino de los
cielos» ( Mateo 13.11 ). ¿No
sería adecuado pensar una
palabra de gratitud a Él? Y
mientras estás en eso, pregúntale
si acaso habrás perdido
alguna señal que te haya
mandado.
Una
cosa es perder una señal de
tu esposa sobre limpiar el
cuarto, pero otra muy
distinta es perder una señal
de Dios que tiene que ver
con el destino de tu vida.
1
Isabel McHugh y Florence
McHugh, trad., El
juicio de Jesús:
Proceso judío y romano
contra Cristo Jesús
descrito y confirmado
por los más antiguos
relatos por Josef
Blinzleer (Westminster,
Md.: The Newman Press,
1959), 103:
2
George Sayer, Jack:
Una vida de C.S. Lewis
(Wheaton, Ill.: Crossway
Books, 1994), 222:
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