|
7.
«NO TE ABANDONARÉ»
la
promesa de dios en la
caminata
No
solo esto es así, sino que
también nos regocijamos
en Dios a través de nuestro
Señor Jesucristo, a través
de quien hemos recibido la
reconciliación.
Romanos
5.11
En
la perspectiva bíblica,
pecado es rebelión
positiva.
Donald
Bloesch
Porque
él nos ha rescatado del
dominio de las tinieblas,
trayéndonos al reino del
Hijo que ama.
Colosenses
1.13
Sin
duda que el hombre necesita
un cambio radical
de corazón; necesita
empezar a odiar su pecado en
lugar
de amarlo, y amar a Dios en
lugar de odiarlo; necesita,
en una palabra,
reconciliarse con Dios. Y el
lugar,
por sobre todos los otros,
donde ocurre este cambio
es a los pies de la cruz,
donde entiende algo
del odio que siente Dios
por el pecado y su
indescriptible amor por el
pecador.
J.N.D.
Anderson
Madeline, de 5 años de
edad, saltó a las rodillas
de su padre.
«¿Comiste
lo suficiente?», le preguntó
él.
Ella
sonrió y se golpeó
suavemente la barriga: «No
puedo comer más».
«¿Te
dieron queque de la
abuelita?»
«Un
gran pedazo».
Joe
miró a su mamá a través
de la mesa. «Parece que
estamos todos satisfechos.
Parece que no podremos hacer
otra cosa que irnos a la
cama».
Madeline
puso sus lindas manos a cada
lado de su rostro. «Pero,
papi. Esta noche es
Nochebuena, y tú dijiste
que podríamos bailar».
Joe
fingió no acordarse. «¿Yo
dije eso? No recuerdo haber
dicho algo relacionado con
bailar».
La
abuelita sonrió y pasó su
mano por la cabeza de la niña
mientras empezaba a recoger
las cosas de la mesa.
«Pero,
papi», rogó Madeline, «nosotros
siempre bailamos en
Nochebuena. Solo tú y yo,
¿recuerdas?»
Una
sonrisa se dibujó por
debajo de su grueso bigote.
«Por supuesto que lo
recuerdo, querida. ¿Cómo
podría olvidarlo?»
Y
diciendo eso, se puso de pie
y tomó su mano, poniéndola
en la suya. Por un momento,
solo un momento, su esposa
estuvo alerta de nuevo, y
los dos caminaron hacia el
estudio para pasar otra
Nochebuena como tantas que
habían pasado, bailando
hasta la madrugada.
Habrían
podido bailar el resto de
sus vidas, pero vino el
sorpresivo embarazo y las
complicaciones. Madeline
sobrevivió, pero su madre
no. Y Joe, el rudo carnicero
de Minnesota, quedó solo
para criar a Madeline.
«Ven,
papi», le dijo, tirándolo
de la mano. «Bailemos antes
que lleguen». Ella tenía
razón. Pronto sonaría el
timbre de la puerta y los
familiares inundarían la
casa y la noche habría
pasado.
Pero
por ahora, solo estaban papi
y Madeline.
El
amor de un padre por su hijo
es una fuerza poderosa.
Piensa en la pareja con su
bebé recién nacido. El niño
no le ofrece a sus padres
absolutamente nada. Ni
dinero, ni habilidades, ni
palabras de sabiduría. Si
tuviera bolsillos, estarían
vacíos. Ver a un bebé
acostado en su camita es ver
a un indefenso. ¿Qué tiene
como para que se le ame?
Lo
que sea que tenga, mamá y
papá lo saben identificar.
Si no, observa el rostro de
la madre mientras atiende a
su bebé. O la mirada del
papá mientras lo acuna. O
trata de causar daño o
hablar mal del niño. Si lo
haces, te vas a encontrar
con una fuerza poderosa,
porque el amor de un padre
es una fuerza poderosa.
En
una ocasión Jesús dijo que
si nosotros los humanos
somos capaces de amar así,
cuánto más no nos amará
Dios, el Padre sin pecado y
generoso. ¿Pero qué ocurre
cuando el amor no es
correspondido? ¿Qué ocurre
al corazón del padre cuando
su hijo se va?
La
rebeldía atacó el mundo de
Joe como una ventisca a
Minnesota. Cuando ya tenía
edad suficiente como para
conducir un automóvil,
Madeline decidió que era
suficiente mayor como para
dirigir su propia vida. Y
esa vida no incluía a su
padre.
«Debí
habérmelo imaginado», diría
Joe más tarde, «pero por
mi vida que no lo hice». No
había sabido qué hacer. No
sabía cómo vérselas con
narices rotas ni camisetas
apretadas. No entendía de
trasnochadas ni de malas
notas. Y, lo que es peor, no
sabía cuándo hablar y cuándo
guardar silencio.
Ella,
por otro lado, lo sabía
todo. Cuándo hablar a su
padre: nunca. Cuándo
quedarse callada: siempre.
Las cosas eran al revés,
sin embargo, con su amigo de
la calle, aquel muchacho
flacucho y tatuado. No era
un muchacho bueno, y Joe lo
sabía.
No
iba a permitir que su hija
pasara la Nochebuena con ese
muchacho.
«Pasará
la noche con nosotros, señorita.
Comerá el queque de la
abuelita en la cena en su
casa. Celebraremos juntos la
Nochebuena».
Aunque
estaban sentados a la misma
mesa, parecía que estaban
en puntos distintos de la
ciudad. Madeline jugaba con
la comida sin decir palabra.
La abuela trataba de hablar
a Joe, pero este no estaba
de humor para charlar. Una
parte de él estaba furiosa;
la otra parte estaba
desconsolada. Y el resto de
él habría dado cualquiera
cosa para saber cómo hablar
a esta niña que una vez se
había sentado en sus
rodillas.
Llegaron
los familiares, trayendo con
ellos un bienvenido final al
desagradable silencio. Con
la sala llena de ruidos y
gente, Joe se mantuvo en un
extremo, y Madeline en el
otro.
«Pon
música, Joe», le recordó
uno de sus hermanos. Así lo
hizo. Pensando que sería
una buena idea, se dirigió
hacia donde estaba su hija.
«¿Bailaría este baile con
su papi?»
Por
la forma en que ella resopló
y se volvió podría haberse
pensado que él le había
dicho algo insultante. Ante
la vista de toda la familia,
se dirigió a la puerta de
la calle, la abrió, y se
fue, dejando a su padre
solo.
Muy
solo.
Según
la Biblia, nosotros hemos
hecho lo mismo. Hemos
despreciado el amor de
nuestro Padre. «Cada cual
se ha ido por su propio
camino» ( Isaías 53.6 ).
Pablo
va un poco más allá con
nuestra rebelión. Hemos
hecho más que simplemente
irnos, dice. Nos hemos
vuelto contra . «Estábamos
viviendo contra Dios» (
Romanos 5.6 ).
En
el versículo 10 es aun más
terminante: «Éramos
enemigos de Dios». Duras
palabras, ¿no crees? Un
enemigo es un adversario.
Uno que ofende, no por
ignorancia, sino con intención.
¿Nos describe esto a
nosotros? ¿Hemos alguna vez
sido enemigos de Dios? ¿Nos
hemos alguna vez vuelto
contra nuestro Padre?
¿Hemos…
alguna vez hecho algo
sabiendo que a Dios no le
agradaba?
causado daño a alguno de
sus hijos o a parte de la
creación?
respaldado o aplaudido el
trabajo de su adversario, el
diablo?
llegado a mostrarnos, en público,
como enemigos de nuestro
Padre celestial?
Si es así, ¿no hemos
asumido el papel de enemigo?
¿Entonces, cómo reacciona
Dios cuando nos
transformamos en sus
enemigos?
Madeline
volvió esa noche pero no
por mucho tiempo. Joe nunca
le faltó como para que ella
se fuera. Después de todo,
¿qué significa ser hija de
un carnicero? En sus últimos
días juntos, él hizo todo
lo que pudo. Le cocinó su
comida favorita. Ella no tenía
apetito. La invitó al cine.
Ella se encerró en su
cuarto. Le compró un
vestido nuevo. Ella nunca le
dio las gracias. Hasta que
llegó aquel día primaveral
en que él salió temprano
de su trabajo para estar en
casa cuando ella llegara de
la escuela.
Desde
ese día, ella nunca más
volvió a casa.
Un
amigo la vio junto con su
amigo en las cercanías de
la estación de autobuses.
Las autoridades confirmaron
la compra de dos pasajes
para Chicago; adónde fue
desde allí, nadie lo sabe.
El camino
más famoso en el mundo es
la Vía Dolorosa, «la ruta
de la tristeza». Según la
tradición, es la ruta que
Jesús tomó desde el
palacio de Pilato al
Calvario. La ruta está
marcada por estaciones
usadas frecuentemente por
los cristianos para sus
devociones. Una de las
estaciones marca el paso del
veredicto de Pilato. Otra,
la aparición de Simón para
ayudar a llevar la cruz. Dos
estaciones recuerdan las caídas
de Jesús y otra sus
palabras. Entre todas, hay
catorce estaciones, cada una
recordando los sucesos de la
caminata final de Cristo.
¿Es
la ruta verdadera?
Probablemente no. Cuando en
el año 70 d.C. y más tarde
en el 135 Jerusalén fue
destruida, las calles de la
ciudad lo fueron también.
Como resultado, nadie sabe
exactamente cuál fue la
ruta que Jesús siguió
aquel viernes.
Pero
nosotros sabemos dónde
comienza este camino.
Comienza
no en la corte de Pilato
sino en los salones del
cielo. El Padre inició su
jornada cuando dejó su
hogar para venir en busca
nuestra. Inició la búsqueda
armado con nada más que una
pasión para ganar tu corazón.
Su deseo era circular: traer
a sus hijos de vuelta a
casa. La Biblia tiene una
palabra para esta búsqueda:
reconciliación.
«Dios
estaba en Cristo
reconciliando al mundo con
él» ( 2 Corintios 5.19 )
La palabra griega que se
traduce reconciliación
quiere decir «hacer que
algo sea diferente». 1
La reconciliación desenreda
lo enredado, invierte la
rebelión, vuelve a encender
la pasión que se ha
enfriado.
La
reconciliación toca el
hombro del extraviado y lo
pone en camino hacia el
hogar.
El
camino a la cruz nos dice
exactamente hasta dónde va
a llegar Dios para hacernos
volver.
El
muchacho enjuto de los
tatuajes tenía un primo.
Este trabajaba en el turno
de noche en una tienda al
sur de Houston. Por unos
cuantos dólares al mes
permitía a los fugitivos
permanecer en su apartamento
por las noches, pero durante
el día tenían que salir de
allí.
No
había problemas. Ellos tenían
grandes planes. Él sería
un mecánico y Madeline
buscaría trabajo de
vendedora en una tienda. Por
supuesto, él no sabía nada
en cuanto a automóviles, y
mucho menos sobre cómo
conseguir un trabajo, pero
uno no piensa en esas cosas
cuando está viviendo
intoxicado de libertad.
Después
de un par de semanas, el
primo cambió de opinión. Y
el día que les dio a
conocer su decisión, el
joven enjuto con tatuajes
dio a conocer la suya. De
este modo, Madeline se
encontró frente a la noche
sin un lugar donde dormir ni
una mano que la sostuviera.
Fue
la primera de una serie de
muchas noches así.
Una
mujer en el parque le habló
de un hogar para
desamparados cerca del
puente. Por unos cuantos dólares
ella podría obtener un
plato de sopa y un catre.
Unos cuantos dólares era
todo lo que tenía. Usó su
mochila como almohada y su
chaqueta como frazada. El
cuarto era tan bullicioso
que no se podía dormir.
Madeline volvió la cabeza
hacia la pared y por primera
vez en muchos días, pensó
en la barbuda faz de su
padre y cómo él le daba un
beso cada noche. Pero cuando
las lágrimas quisieron
brotar de sus ojos, se
resistió a llorar. Metió
el recuerdo bien hondo en su
memoria y decidió no volver
a pensar en su casa.
Había
llegado tan lejos que ya era
imposible volver.
A
la mañana siguiente, la
joven que ocupaba el catre
al lado del suyo le mostró
un puñado de propinas que
había ganado bailando sobre
las mesas. «Esta es la última
noche que dormiré aquí»,
le dijo. «Ahora puedo pagar
mi propio lugar. Me dijeron
que están necesitando más
bailarinas. Deberías venir
conmigo». Buscó en el
bolsillo de su chaqueta y
sacó una libreta. «Aquí
está la dirección», le
dijo, entregándole un
papelito. Con solo pensarlo,
el estómago de Madeline
empezó a darle vueltas.
Todo lo que pudo hacer fue
mascullar: «Lo pensaré».
El
resto de la semana lo pasó
en las calles buscando
trabajo. Al final de la
semana, cuando tenía que
pagar la cuenta en el
refugio, buscó en sus
bolsillos y sacó el
papelito. Era todo lo que le
quedaba.
«No
voy a pasar esta noche aquí»,
se dijo y se dirigió a la
puerta.
El
hambre tiene su manera de
suavizar las convicciones.
Orgullo y
vergüenza. ¿No sabías que
son hermanas? Parecen ser
diferentes. El orgullo le
infló el pecho. La vergüenza
la hizo agachar la cabeza.
El orgullo alardea. La vergüenza
hace ocultarse. El orgullo
procura ser visto. La vergüenza
trata de ser evitada.
Pero
no te llames a engaño: las
emociones tienen el mismo
parentesco y el mismo
impacto. Te mantienen
alejado de tu Padre.
El
orgullo dice: «Eres
demasiado bueno para él».
La
vergüenza dice: «Eres
demasiado malo para él».
El
orgullo te aleja.
La
vergüenza te mantiene
alejado.
Si
el orgullo es lo que hay
antes de una caída, la vergüenza
es lo que te impide
levantarte después.
Si algo
sabía Madeline, era bailar.
Su padre le había enseñado.
Ahora hombres de la edad de
su padre la observaban. Ella
no se daba cuenta de ese
detalle, sencillamente no
pensaba en eso. Simplemente
hacía su trabajo y se
ganaba sus dólares.
Quizás
nunca habría pensado en
eso, excepto por las cartas
que su primo le llevaba. No
una, ni dos, sino una caja
llena. Todas dirigidas a
ella. Todas de su padre.
«Tu
viejo novio debe estar
chillando por ti. Llegan de
estas dos o tres por semanas»,
se quejaba el primo. «Dale
tu dirección». Oh, pero
no, ella no podía hacer
eso. La encontraría.
No
se atrevía a abrir las
cartas. Sabía lo que decían:
que volviera a casa. Pero si
supiera lo que estaba
haciendo no le escribiría.
Le
pareció menos doloroso no
leerlas. Así es que no las
leyó. No esa semana ni la
siguiente cuando su primo le
trajo más, ni la siguiente
cuando llegó de nuevo. Las
guardó en el guardarropa
del lugar donde bailaba,
organizadas según la fecha.
Pasaba su dedo por sobre
cada una pero no se atrevía
a abrirlas.
La
mayor parte del tiempo
Madeline podía controlar
sus emociones. Los
pensamientos del hogar y los
pensamientos de vergüenza
se fundían en la misma
parte de su corazón. Pero
había ocasiones cuando los
pensamientos eran demasiado
fuertes como para
resistirlos.
Como
aquella vez que vio un
vestido en la ventana de una
tienda. Un vestido del mismo
color que el que le había
comprado su padre. Un
vestido que había sido
demasiado sencillo para
ella. De mala gana se lo había
puesto y se había parado
frente al espejo. «Caray,
estás tan alta como yo»,
le había dicho su padre.
Ella se había puesto rígida
cuando él la tocó.
Al
ver su cansado rostro
reflejado en la ventana de
la tienda, Madeline se dio
cuenta que estaría
dispuesta a dar mil trajes
con tal de sentir de nuevo
que la tocaba. Salió de la
tienda con el firme propósito
de no volver a pasar por allí.
Llegó
la época en que las hojas
se caen y el aire se pone frío.
El correo siguió llegando y
el primo quejándose a
medida que crecía la
cantidad de cartas. Ella
seguía decidida a no
mandarle su dirección.
Incluso seguía sin leer las
cartas.
Entonces,
pocos días antes de
Nochebuena, llegó otra
carta. El mismo sobre. El
mismo color. Pero esta no
tenía el matasellos. Ni le
fue entregada por su primo.
Estaba en la mesa del cuarto
de vestirse.
«Hace
un par de días un hombre
muy fornido vino y me pidió
que te diera esto», explicó
una de las otras bailarinas.
«Dijo que entenderías el
mensaje».
«¿Estuvo
aquí?», preguntó,
ansiosa.
La
mujer se encogió de
hombros. «Supongo que tuvo
que ser él».
Madeline
tragó y miró el sobre. Lo
abrió y extrajo una
tarjeta. «Sé donde estás»,
leyó. «Sé lo que haces.
Esto no cambia nada lo que
siento. Todo lo que he dicho
en cada una de las demás
cartas sigue siendo verdad».
«Pero
yo no sé lo que me has
estado diciendo», dijo
Madeline. Extrajo una carta
de la parte superior del
montón y la leyó. Luego
hizo lo mismo con una
segunda, y una tercera. Cada
carta tenía la misma frase.
Cada frase hacía la misma
pregunta.
En
cosa de segundos el piso
estuvo lleno de papel
mientras su rostro se sacudía
por el llanto.
Antes
de una hora se encontraba a
bordo de un autobús. «Ojalá
que llegue a tiempo».
Lo
logró apenas.
Los
familiares estaban empezando
a retirarse. Joe estaba
ayudando a la abuela en la
cocina cuando su hermano lo
llamó. «Joe, alguien está
aquí y quiere verte».
Joe
salió de la cocina y se
detuvo. En una mano, la niña
sostenía una mochila. Y en
la otra, sostenía una
tarjeta. Joe vio la pregunta
en sus ojos.
«La
respuesta es «sí»», dijo
ella a su padre. «Si la
invitación todavía se
mantiene, la respuesta es «sí»».
Joe
tragó, emocionado. «Oh, sí.
La invitación se mantiene».
Y
así, los dos volvieron a
bailar en Nochebuena.
Sobre
el piso, cerca de la puerta,
permanecían las cartas con
el nombre de Madeline y el
ruego de su padre.
«¿Quisieras
venir a casa y bailar con tu
papi otra vez?»
|