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8.
«TE DARÉ MI TÚNICA»
la
promesa de dios en la
vestidura
Pero
Cristo sin culpa… tomó
sobre él nuestro castigo,
para así poder expiar
nuestra culpa y alejar
de nosotros nuestro castigo.
Agustín
Porque
Cristo murió por los
pecados una vez para
siempre, el justo por los
injustos para llevarte a
Dios.
1
Pedro 3.18
Este
es el misterio de las
riquezas de la gracia divina
por los pecadores; porque
por un maravilloso cambio
nuestros pecados son ahora
no nuestros sino de Cristo,
y la justicia de Cristo no
es suya, sino nuestra.
Martín
Lutero
El maître no estaba
dispuesto a cambiar de
parecer. No le interesaba
que se tratara de nuestra
luna de miel. Ni que esa
noche en el club de campo
fuera un regalo de boda. Le
importaba bien poco que
Denalyn y yo hubiéramos
decidido dejar de almorzar
para tener espacio para la
cena. Todo esto carecía de
valor en comparación con el
problema que podría venírsele
encima.
Yo
estaba sin saco.
No
sabía que habría de
necesitarlo. Pensé que una
camisa deportiva sería
suficiente. Estaba limpia y
planchada. Pero el señor
Corbata-de-Moñito y su
acento francés era
imperturbable. Acomodaba a
quien fuera. Le ofreció una
mesa al señor y la señora
Bien-Educados. Sentó al señor
y a la señora
Finos-Muchas-Gracias. ¿Pero
el señor y la señora
No-Tiene-Su-Saco?
Si
hubiese tenido otra opción,
la habría intentado, pero
no tenía ninguna. Era ya
tarde. Otros restaurantes
estarían ya cerrados o
llenos y nosotros teníamos
un apetito voraz. Me miró,
miró a Denalyn y luego dio
un gran suspiro que llegó a
inflarle los carrillos.
«Está
bien. Déjenme ver».
Desapareció
en un guardarropa y emergió
con un saco. «Póngase esto».
Me lo puse. Las mangas eran
demasiado cortas. Los
hombros demasiado tensos. ¿Y
el color? Verde limón. Pero
no dije ni una palabra. Tenía
el saco y teníamos también
derecho a una mesa. (No se
lo digan a nadie, pero me lo
saqué cuando nos trajeron
la comida.)
Para
todas las inconveniencias de
aquella noche, terminamos
con una gran cena y una más
grande parábola.
Necesitaba
un saco, pero todo lo que
tenía era una oración. El maître
fue lo suficientemente
gentil como para no
obligarme a salir de allí
pero demasiado leal a las
reglas como para permitirse
pasar por sobre ellas. Así
fue como el único que me
exigía un saco me
proporcionó uno y así
pudimos tener acceso a una
mesa.
¿No
es esto mismo lo que ocurre
en la cruz? En la mesa de
Dios no hay asientos
disponibles para los desaliñados.
¿Pero quién entre nosotros
no lo es? Moralidad
descuidada. Desprecio por la
verdad. Poco interés en los
demás. Nuestra tenida moral
está por los suelos. Sí,
los requerimientos para
ocupar un lugar en la mesa
de Dios son altos, pero el
amor de Dios por sus hijos
es más alto aun. Para
satisfacerlos, Él nos
ofrece un regalo.
No
un saco color verde limón
sino una túnica. Una túnica
sin costuras. No algo sacado
de un guardarropa sino una túnica
usada por su Hijo, Jesús.
Poco
dice la Escritura acerca de
la vestimenta de Jesús.
Sabemos lo que usaba su
primo, Juan el Bautista.
Sabemos lo que usaban los
dirigentes religiosos. Pero
no se nos dice nada acerca
de la ropa de Jesús: ni tan
humilde como para tocar los
corazones, ni tan elegante
como para hacer que la gente
se volviera a verlo.
Digna
de notar es una referencia
que hace uno de los
evangelios. Dice: «Dividieron
su ropa entre ellos cuatro.
También tomaron su túnica,
que no tenía costuras sino
que era de una sola pieza,
desde arriba. Y dijeron:
“No la partamos, sino
echemos suertes para ver quién
se queda con ella”» (
Juan 19.23–24 ).
Debe
de haber sido la más fina
posesión de Jesús. Según
la tradición judía, la
madre tejía una túnica
como un regalo a su hijo
cuando este abandonaba el
hogar. ¿Haría María esta
túnica para Jesús? No lo
sabemos. Pero sabemos que la
túnica no tenía costuras
sino que era un solo tejido,
de arriba abajo. ¿Tiene
esto alguna importancia?
A
menudo la Escritura describe
nuestra conducta como la
ropa que usamos. Pedro nos
dice que debemos «vestirnos
con humildad» ( 1 Pedro 5.5
). David habla de las
personas malas que se visten
«con maldición» ( Salmos
109.18 ). La ropa puede
simbolizar el carácter y,
como su ropa, el carácter
de Jesús fue sin costura.
Coordinado. Unificado. Él
era como su túnica:
perfección ininterrumpida.
«Tejida…
desde arriba». Jesús no se
dejó guiar por su propia
mente, sino que fue dirigido
por la mente de su Padre.
Escucha sus palabras:
«El
Hijo no puede hacer nada por
sí mismo, sino solo lo que
ve hacer al Padre; porque
todo lo que el Padre haga,
el Hijo lo hace también» (
Juan 5.19 ).
«Yo
no puedo hacer nada por mí
mismo. Así como oigo, juzgo»
( Juan 5.30 ).
El
carácter de Jesús fue una
tela sin costuras tejida
desde el cielo a la
tierra… desde los
pensamientos de Dios a las
acciones de Jesús. Desde
las lágrimas de Dios a la
compasión de Jesús. Desde
la Palabra de Dios a la
reacción de Jesús. Todo
una sola pieza. Todo un
cuadro del carácter de Jesús.
Pero
cuando Jesús fue clavado en
la cruz, él se quitó su túnica
de perfección sin costura y
se cubrió de una túnica
diferente: la túnica de la
indignidad.
La
indignidad de la desnudez
. Desnudo ante su propia
madre y sus seres amados.
Avergonzado ante su familia.
La
indignidad del fracaso.
Por unas pocas horas llenas
de dolor, los líderes
religiosos fueron los
victoriosos, y Cristo
apareció como el perdedor.
Avergonzado ante sus
acusadores.
Y
lo peor, estaba vestido de
la indignidad del pecado.
«Él mismo llevó
nuestros pecados en su
cuerpo en el madero, para
que nosotros pudiéramos
morir a los pecados y vivir
para justicia» ( 1 Pedro
2.24 ).
¿El
vestido de Cristo en la
cruz? Pecado: el tuyo y el mío.
Los pecados de toda la
humanidad.
Recuerdo
a mi padre explicándome el
porqué de un grupo de
hombres junto al camino que
vestían ropa con rayas. «Son
presos», me dijo. «Han
quebrantado la ley y están
pagando con servicio a la
comunidad».
¿Quieres
saber lo que me impresionó
de aquellos hombres? No
miraban a los ojos. ¿Sentían
vergüenza? Probablemente.
Lo
que sentían allí, junto al
camino, es parecido a lo que
sentía Jesús colgado de
aquella cruz: vergüenza.
Cada aspecto de la crucifixión
tenía el propósito no solo
de hacer sufrir a la víctima,
sino avergonzarla. Por lo
general, la muerte de cruz
estaba reservada para los
delincuentes más viles:
esclavos, asesinos y así
por el estilo. A la persona
condenada se la hacía
caminar por las calles de la
ciudad, cargando el travesaño
de la cruz y llevando
colgada del cuello una placa
donde se indicaba su delito.
En el lugar de la crucifixión
lo desnudaban y se mofaban
de él.
La
crucifixión era tan
aberrante que Cicerón
escribió: «Alejen hasta el
nombre de la cruz no solo
del cuerpo de un ciudadano
romano, sino aun de sus
pensamientos, ojos y oídos».
1
Jesús
no solo fue avergonzado ante
su pueblo, sino que fue
avergonzado también ante el
cielo.
Ya
que cargó con nuestro
pecado de homicidio y
adulterio, sintió la vergüenza
del homicida y del adúltero.
Aunque nunca mintió, cargó
con la vergüenza del
mentiroso. Aunque nunca engañó,
sintió la vergüenza de un
engañador. Como llevó el
pecado del mundo, sintió la
vergüenza colectiva del
mundo.
No
es extraño que el escritor
hebreo haya hablado de «la
desgracia que él soportó»
( Hebreos 13.13 ).
Mientras
estuvo en la cruz, Jesús
sintió la indignidad y la
vergüenza de un criminal.
No, no era culpable. No, él
no había cometido pecado.
Y, no, no merecía ser
sentenciado. Pero tú y yo sí
lo merecíamos. Y estuvimos
en pecado y fuimos
culpables. Estuvimos en la
misma posición en que me
encontraba yo ante el maître
. ¿Te puedes imaginar al
jefe del restaurante quitándose
su saco y dándomelo a mí?
Jesús
lo hace. No estamos hablando
de algo improvisado ni una
chaqueta sobrante. Él
ofrece una túnica pura, sin
costuras para cubrir mi capa
hecha de retazos de orgullo,
avaricia y vanidad. «Él
cambia lugar con nosotros»
( Gálatas 3.13 ). Él se
vistió de nuestro pecado
para que nosotros pudiéramos
vestirnos de su justicia.
Aunque
llegamos a la cruz vestidos
en pecado, nos vamos de la
cruz vestidos con la «coraza
de su amor formidable» (
Isaías 59.17 ) y ceñidos
con un «cinturón de
justicia» ( Isaías 11.5 )
y vestidos con «vestiduras
de salvación» ( Isaías
3.27 ).
Para
él no fue suficiente
prepararte una fiesta.
Para
él no fue suficiente
reservarte un asiento.
Para
él no fue suficiente correr
con los gastos y proveer el
transporte para el banquete.
Hizo
algo más. Te dejó usar su
propia ropa de manera que
pudieras estar vestido
adecuadamente.
Y
lo hizo, precisamente, por
ti.
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