9. «TE INVITO A ENTRAR
A MI PRESENCIA»

la promesa de dios a través del costado herido

Podemos entrar a través de un camino nuevo y vivo
que Jesús abrió para nosotros. Nos lleva a través
de la cortina: el cuerpo de Cristo.

Hebreos 10.20

Porque a través de él ambos tenemos acceso al Padre
por un mismo Espíritu.

Efesios 2.18

Aproximémonos entonces al trono de la gracia con confianza, para que recibamos misericordia y gracia final que nos ayude en nuestro tiempo de necesidad.

Hebreos 4.16

Imagínate a una persona de pie frente a la Casa Blanca. Mejor, imagínate tú parado frente a la Casa Blanca.

Estás en la vereda, mirando a través de las rejas, sobre el césped, hacia la residencia del presidente. Tú, bien presentado, bien peinado y los zapatos lustrados. Te diriges a la entrada. Caminas con paso firme y seguro. No podría ser de otro modo. Has venido a reunirte con el presidente.

Tienes un par de asuntos que te gustaría discutir con él.

Primero, está el asunto de la toma de agua frente a tu casa. Le pedirás que por favor suavice un poco el color rojo con el que está pintado. Como está ahora es muy brillante.

Luego, está tu preocupación por la paz del mundo. Tú estás en pro de ella. ¿Podría él lograrla?

Y finalmente, los costos de la educación son demasiado altos. ¿Podría él llamar a la oficina de administración de la escuela donde estudia tu hija y pedirles que la rebajen un poco? Sin duda que él debe tener alguna influencia allí.

Todos son asuntos importantes, ¿no es cierto? No le tomarán más de unos minutos. Además, le traes algunas galleticas que él podría compartir con la primera dama y la primera mascota. Así, con tu bolsa en la mano y una sonrisa en el rostro, te acercas al portón y le dices al guardia: «Quisiera ver al presidente, por favor.»

Él te pregunta tu nombre, y tú se lo das. Te mira, fija su atención en su lista y dice: «No tenemos registrada su cita»

«¿Hay que tener una cita previa?»

«Sí».

«¿Cómo puedo hacerla?»

«A través del personal de su oficina».

«¿Me podría dar su número telefónico?»

«No, es privado».

«¿Entonces cómo podría hacerlo?»

«Es mejor que espere a que lo llamen».

«¡Pero si no me conocen!»

El guardia se encoge de hombros.

«Entonces lo más probable es que no lo van a llamar».

Después de eso, das media vuelta e inicias el regreso a casa. Tus preguntas han quedado sin contestar y tus necesidades insatisfechas.

¡Y estuviste tan cerca! Si el presidente hubiera salido al jardín podrías haberlo saludado y él te habría saludado a ti. Estuviste a solo unos metros de la puerta de entrada a su oficina… pero fue como si hubieses estado a kilómetros de distancia. Tú y el presidente estaban separados por la cerca y el guardia.

Luego, está el problema del Servicio Secreto. Si hubieses logrado entrar, te habrían detenido de inmediato. El personal habría hecho lo mismo. Había demasiadas barreras.

¿Y las barreras invisibles? Barreras de tiempo. (El presidente demasiado ocupado.) Barreras de status. (Tú no tienes influencia.) Barreras de protocolo. (Tienes que ir a través de los canales correspondientes.) Te alejas de la Casa Blanca con nada más que una dura lección. No tienes acceso al presidente. ¿Tu charla con el comandante en jefe? Olvídala. Tendrás que ver por ti mismo cómo solucionas el problema de la paz mundial y la toma de agua que hay frente a tu casa.

Es decir, a menos que él tome la iniciativa. A menos que él, al verte en la vereda, se compadezca de tus problemas y le diga al jefe de su personal: «¿Ve a aquel hombre con la bolsa de galletas en su mano? Vaya y dígale que me gustaría charlar con él unos minutos».

Si él da esa orden, todas las barreras se vendrán abajo. La Oficina Oval llamará al jefe de seguridad. El jefe de seguridad llamará al guarda y el guarda te llamará por tu nombre. «¿Sabe qué? No se lo puedo explicar, pero la puerta de la Oficina Oval está abierta de par en par para usted».

Tú te detienes, te vuelves, sacas pecho y entras por la misma puerta donde, momentos antes, se te negó el acceso. El guardia es el mismo. La puerta es la misma. El personal de seguridad es el mismo. Pero la situación no es la misma. Ahora puedes entrar a donde antes no pudiste.

Y, algo más. Ya no eres el mismo. Te sientes alguien especial, escogido. ¿Por qué? Porque el hombre de allá arriba te vio allá abajo e hizo posible que entraras.

Sí, tienes razón. Es una historia fantástica. Tú y yo sabemos que tratándose del presidente, no valdrá contener la respiración. No habrá invitaciones especiales. Pero tratándose de Dios, agarra firme tus galleticas y empieza a caminar, porque ya la invitación está hecha.

Él te ha visto. Te ha oído y te ha invitado. Lo que una vez te separaba, ha sido quitado: «Ahora en Cristo Jesús, tú que estabas lejos de Dios has sido puesto cerca» ( Efesios 2.13 ). Nada queda entre tú y Dios sino una puerta abierta.

¿Pero cómo pudo ocurrir esto? Si no pudimos entrar para ver al presidente, ¿cómo pudimos conseguir una audiencia con Dios? ¿Qué pasó? En una palabra, alguien descorrió la cortina. Alguien rompió el velo. Algo ocurrió en la muerte de Cristo que abrió la puerta para ti y para mí. Y ese algo lo describe el autor de Hebreos.

Así, hermanos y hermanas, estamos completamente libres para entrar al Lugar Santísimo sin temor gracias a la sangre de Jesús por su muerte. Podemos entrar a través de un camino nuevo y viviente que Jesús abrió para nosotros. Nos lleva a través de la cortina, el cuerpo de Cristo ( Hebreos 10.19–20 ).

Para los lectores originales, estas cuatro palabras fueron explosivas: «cortina - cuerpo de Cristo». Según el escritor, cortina es igual a Jesús. Por lo tanto, lo que haya ocurrido al cuerpo de Cristo le ocurrió a la cortina. ¿Qué le ocurrió a su carne? Fue desgarrada. Desgarrada por los azotes, desgarrada por las espinas. Desgarrada por el peso de la cruz y las puntas de los clavos. Pero en el horror de su carne desgarrada, encontramos el esplendor de la puerta abierta.

«Pero Jesús clamó a gran voz y murió. Entonces la cortina en el Templo se rompió en dos partes, de arriba abajo» ( Mateo 27.50–51 ).

La cortina es nada menos que la cortina del Templo. El velo que colgaba a la entrada del Lugar Santísimo.

Como recordarás, el Lugar Santísimo era una parte del Templo al que nadie podía entrar. Los judíos cuando iban a adorar podían entrar al patio exterior, y solo los sacerdotes podían entrar al Lugar Santo. Y nadie, salvo el sumo sacerdote solo un día en el año, entraba en el Lugar Santísimo. Nadie. ¿Por qué? Porque la gloria shekiná, la gloria de Dios, estaba allí.

Si alguien te dijera que puedes entrar libremente a la Oficina Oval de la Casa Blanca, seguramente moverías la cabeza y dirías a esa persona: «¿Qué te pasa? ¿Te volviste loco?» Multiplica tu incredulidad por mil y tendrás una idea de cómo se habrían sentido los judíos si alguien les hubiera dicho que podían entrar al Lugar Santísimo. «Sí, claro, y tu abuelita, ¿cómo se llamaba?»

Nadie sino el sumo sacerdote podía entrar al Lugar Santísimo. Nadie . Hacerlo equivalía a morir. Dos de los hijos de Aarón murieron cuando entraron al Lugar Santísimo para ofrecer sacrificios al Señor ( Levítico 16.1–2 ). En términos inequívocos, la cortina decía: «¡Hasta aquí!»

¿Qué comunicaba mil quinientos años atrás una cortina colgada en la parte exterior del Lugar Santísimo? Sencillo. Dios es santo… separado de nosotros e inaccesible. Incluso a Moisés se le dijo: «Tú no puedes ver mi rostro, porque nadie puede verme y seguir viviendo» ( Éxodo 33.20 ). Dios es santo y nosotros somos pecadores por lo tanto hay una distancia entre nosotros.

¿No es ese nuestro problema? Sabemos que Dios es bueno. Sabemos que nosotros no lo somos, y nos sentimos alejados de Dios. Las antiguas palabras de Job son las nuestras: «Si solo hubiera un mediador que pudiera unirnos» ( Job 9.33 ).

¡Hay uno! Jesús no nos ha dejado con un Dios inaccesible. Sí. Dios es santo. Sí, nosotros somos pecadores. Pero, sí, sí, sí, Jesús es nuestro mediador. «Hay un Dios y un mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús» ( 1 Timoteo 2.5 ). ¿No es mediador el que «se pone entre»? ¿No era Jesús la cortina entre nosotros y Dios? ¿Y no fue su carne desgarrada?

Lo que aparece como una crueldad del hombre fue, en realidad, la soberanía de Dios. Mateo nos dice: «Y cuando Jesús hubo clamado de nuevo a gran voz, entregó su espíritu. En ese momento la cortina del templo se partió en dos de arriba abajo» ( 27.50-51 ).

Es como si las manos del cielo hubieran estado agarrando el velo, esperando el momento. Recuerda el tamaño de la cortina: veinte metros de alto por diez de ancho. 1 En un momento estaba entera; al siguiente, estaba partida en dos, de arriba abajo. Sin demora. Sin vacilación.

¿Qué significaba la cortina rota? Para los judíos significaba que no había más barreras entre ellos y el Lugar Santísimo. No más sacerdotes entre ellos y Dios. No más sacrificios de animales para expiar sus pecados.

¿Y para nosotros? ¿Qué significó para nosotros la cortina rota?

Somos bienvenidos para entrar en la presencia de Dios., cualquier día, a cualquiera hora. Dios ha quitado la barrera que nos separa de Él. ¿La barrera del pecado? Abajo. Él ha quitado la cortina.

Pero tenemos una tendencia a tratar de volver a poner la barrera. Aunque no hay cortina en el templo, hay una cortina en el corazón. Las faltas del corazón son como el tictac del reloj. Y a veces, no, muchas veces, dejamos que estas faltas nos alejen de Dios. Nuestra conciencia de culpa se transforma en una cortina que nos separa de Dios.

Como resultado, nos escondemos de nuestro Maestro.

Es lo que hace mi perro, Salty. Sabe que no tiene que meter su hocico en el tarro de la basura. Pero deje la casa sola, sin una persona, y el lado oscuro de Salty tomará control de él. Si hay comida en uno de los tarros de basura, la tentación será demasiado grande. La hallará y se dará un festín.

Es lo que había hecho el otro día. Cuando llegué a casa, no se veía por ninguna parte. El tarro de basura estaba volcado, pero no había ni rastros de Salty. Al principio me molesté, pero luego se me pasó. Si yo tuviera que estar todo el día comiendo solo comida de perro, de seguro que buscaría otra cosa por ahí. De modo que limpié la suciedad y me olvidé del asunto.

¿Y Salty? Perdido. Mantenía su distancia. Cuando por fin lo vi, tenía la cola entre las piernas y sus orejas estaban caídas. Entonces me dije: «Piensa que estoy enojado con él. No sabe que ya he arreglado el asunto de su falta».

¿Es necesario hacer una aplicación que parece obvia? Dios no está enojado con nosotros. Él ya ha arreglado el asunto de nuestras faltas.

En alguna parte, en algún momento, de alguna manera te has metido en el tarro de la basura y luego has tratado de evitar a Dios. Has dejado que un velo de culpa se alce entre tú y tu Padre. Te preguntas si alguna otra vez podrás estar de nuevo cerca de Dios. El mensaje de la carne desgarrada es que sí puedes. Dios te espera. Dios no te está evitando. Dios no te resiste. La cortina está caída, la puerta está abierta, y Dios te invita a entrar.

No confíes en tu conciencia. Confía en la cruz. La sangre ha sido derramada y el velo roto. Dios te da la bienvenida a su presencia. Y no tienes que llevar galleticas.

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